¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

Te has lucido… –le dijo su hermano.

Y no podía replicarle. Tampoco justificarse. Esa vez la había hecho buena. Más que buena. ¿Y ahora qué hacía? ¿Cómo arreglaba lo que había provocado?

Tampoco es para tanto… –intentó quitarle hierro al asunto.

La mirada de su hermano le decía que eso no se lo creía ni él. Y la cosa es que intentaba creérselo. Era mucho mejor eso que otra cosa. Y si era por tener fe en ello, él tenía más que suficiente por los dos, incluso por más si hacía falta.

Repíteme lo que has hecho…

¿Otra vez? –preguntó con cierto rintintín. Fue incapaz de decir más, ya la cara de su hermano le decía que estaba estirando demasiado el hilo de su paciencia. Y en la situación en que se encontraban, no era cuestión de que lo rompiera.

Empezó a hablar…

Mamá y papá habían salido y dejado la puerta abierta. Técnicamente no había sido culpa suya, sino de sus padres, aunque eso no servía demasiado para encontrar una solución. Ya se lo había dejado claro su hermano.

Había bajado las escaleras, curioso por lo que encontraba en ese lugar. Nunca lo habían dejado bajar allí y tener la oportunidad de hacerlo había hecho que cosquilleara todo su cuerpo. Y tenía que calmarlo. Por eso estaba pisando cada escalón de esa escalera. Su mente le decía que no bajara, que estaba prohibido. Y él intentaba hacerle caso. Pero es que su cuerpo había cobrado vida y, como si lo dominara, no podía hacer otra cosa que seguirlo. No iba a quedarse sin cerebro.

Una vez abajo, dio al interruptor y respiró hondo. Tenía miedo que sus padres tuvieran allí alguna especie de laboratorio con cámaras llenas de conejillos de indias con los que probarían sus inventos. Pero no, ahí no había nada que pudiera abrirle la boca y los ojos hasta el punto de que no pudiera cerrarla por la sorpresa.

Se había sentido decepcionado… Sus padres se pasaban días enteros en ese lugar haciendo experimentos, ¿acaso es que no tenían ni un Igor ni algo parecido creado por ellos mismos? Pues menudos científicos estaban hechos…

Empezó a pasearse por el lugar pero, igual que ocurría arriba donde su madre se daba cuenta de si un objeto no estaba en su sitio, pues parecía que analizaba la posición de cada uno y, aunque se hubiera movido un milímetro lo detectaba, allí todo estaba bien colocado y no había nada con lo que pudiera jugar a ser como sus padres: ni probetas, ni líquidos, ni nada… Un laboratorio limpio y ordenado.

Hinchó sus mofletes cabreado porque su sueño de encontrar lo que había visto en las películas de ciencia ficción se había esfumado.

Se fijó entonces en un armario. ¿Y si tenían ahí todo lo que uno soñaría con tocar? Tenía que abrirlo y probar. Tenía que hacerlo.

Corrió hacia él y abrió la puerta pero la ilusión pronto se esfumó al ver que estaba vacío. Era un asco. No podía ser que no tuvieran nada… Se metió dentro pensando que quizá tenía un panel secreto pero en el momento en que se introdujo, la puerta se cerró y empezó a escuchar un ruido.

Asustado, intentó dar empujar la puerta para abrirla mas, cuando lo hizo, cayendo al suelo por la fuerza que había ejercido. Solo que, en lugar de un suelo de cerámica, ese que su madre se había empeñado en poner en ese lugar porque, según ella, era más fácil eliminar las manchas, no estaba. A cambio, tenía un manto verdoso, ¿qué cuernos era eso?

Se levantó de golpe empezando a rascarse los brazos y viendo cómo se le enrojecía la piel y le salían ampollas. ¡Jolín, que picaba mucho! Observó el lugar, lleno de árboles y plantas que jamás había conocido más que en los propios libros.

Echó mano a su bolsillo y sacó un pequeño cubo que, al darle a un botón, comenzó a hacerse más grande.

¿Qué pasa? ¿En qué tengo que ayudarte? –preguntó la voz mecánica del robot.

¿Dónde estoy?

El robot dio una vuelta sobre sí mismo. Sacó una antena y la elevó por encima misma de los árboles.

Estás en las coordenadas de tu hogar. Solo que a miles de años de distancia.

¿En el futuro? –Abrió los ojos como platos.

En el pasado –rectificó la máquina.

Un ruido hizo que se girara y viera varios monos que se acercaban a él. Llevaban en las manos algunos palos y piedras y lo miraban asustados pero, también, amenazantes.

¿En qué puedo ayudar más? –preguntó la máquina.

Pero ya no lo escuchaba, pues se había metido de nuevo en el armario y, en el momento en que cerró la puerta, volvió a notar un vaivén. Cuando este cesó, abrió con cuidado esperando no encontrar lo que antes le había hecho huir despavorido.

El laboratorio de sus padres lo recibió haciendo que sonriera y respirara aliviado. Había regresado.

Salió del armario y corrió escaleras arriba. Seguro que sus padres estaban a punto de volver.

Abrió la puerta de la habitación de su hermano. Tenía que contarle todo. Y se quedó helado. Igual que estaba su hermano, mirándose al espejo asustado por el aspecto que tenía.

Su hermano lo miró con odio. ¿De verdad había sido tan tonto como para hacer lo que había hecho? Encima, se había dejado allí a HAL, el robot más futurista que había, capaz de darte solución a cualquier problema para que no tuvieras que preocuparte o te pudieras escabullir del trabajo.

No es para tan…

¡Que soy un mono! –gritó señalándose–. ¡Todos somos monos menos tú!

Torció el gesto… Tampoco estaba tan mal. Ahora podrían utilizar las manos y los pies, subirse a los árboles,… Estaba seguro que la gente lo vería más como un beneficio que como una desventaja… Solo había que lidiar con el problema del pelo y eso se arreglaba con una cuchilla o media docena de crema depilatoria.

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