Primer relato de Historias reales para princesas principesas

La princesa que no necesitaba ser bella para ser amada

Candela miró a su amiga, esta frente al espejo haciendo movimientos raros con sus labios. En una mano tenía una barra de labios que se había comprado con la paga semanal y, en la otra, una toallita húmeda.
—¿Seguro que tú no quieres? —preguntó a Candela. Ella negó con la cabeza—. Jo, que ya tenemos edad para maquillarnos. No hay que ser tan estirada… —le recriminó su amiga.
—No es ser estirada, Laura —intentó defenderse Candela—. Es solo que no entiendo por qué tenemos que maquillarnos.
—¿Pues para qué va a ser? Para estar más guapas y gustar a los chicos.
La respuesta de Laura la dejó igual que antes. ¿Es que el maquillaje iba a hacerlas como las modelos que veía en la televisión? ¿O las actrices famosas donde, en las series o en las películas siempre se ligaban al más guapo? Candela lo dudaba.
Pero la pelea siempre era la misma con su amiga.
Todos los días, cuando llegaba a su casa a recogerla para ir al instituto, la hacía esperar para maquillarse la cara y salir perfecta a la calle. No hacerlo era sacrilegio y era capaz de aguantar una charla del jefe de estudios por llegar tarde antes que poner un pie fuera del portal de su casa sin maquillaje. Candela daba fe de ello.
—Bueno, ¿terminas ya? Vamos a llegar tarde y no quiero que nos vuelvan a regañar.
—Mira que eres —respondió Laura guardando las pinturas en su neceser, que echó a la mochila—. ¿Seguro que no quieres ni un poco de barra de labios? Te los resaltaría y quedarías muy bien.
—No, ¿nos vamos?
Laura suspiró, cogió sus cosas y las dos se marcharon con prisa hacia el instituto. Si no pasaba nada, iban a llegar justas, pero llegarían.
—¡Laura! —gritó Candela cuando se paró por tercera vez en uno de los escaparates a mirar si se le había corrido el maquillaje o tenía pintados los dientes.
—¡Jo, que ya voy!
—Es que siempre me haces lo mismo. El maquillaje solo es eso, maquillaje. No te hace ser otra persona, Laura —se quejó ella.
—¿Y tú qué sabes? Ni siquiera te gusta el maquillaje y no te lo has puesto nunca. Así que no opines. Si no te gusta ir conmigo porque voy más guapa que tú me lo dices y ya está.
Candela se quedó de piedra al oír eso de su amiga. ¿Realmente pensaba que estaba enfadada porque le tenía envidia? ¿Por el maquillaje?
—¿Eso crees de verdad?
—Los chicos se fijan en mí y no en ti. Y siempre me regañas porque me pongo guapa. En cambio tú…
Candela notó cómo la miraba de arriba abajo y eso la encendió.
—¡Perfecto! Pues a partir de hoy te vas y te vienes tú solita. ¡Adiós! —Y se dio la vuelta para llegar sola al instituto.
Se sentía mal por dejar a su amiga, sobre todo porque, aunque no eran niñas ya, trece años tampoco podía decirse que ya fueran mayores. Pero en ese trayecto siempre había tiendas abiertas y la gente las conocía, así que no iba a pasarle nada si seguía el mismo camino.
Echó a andar con rapidez alejándose de su amiga. No era la primera pelea que tenían, pero no le había gustado cómo la había mirado. ¿De verdad tenía que maquillarse para ser más guapa? ¿Para que se fijaran en ella? ¿Por qué? No entendía el motivo para eso. Cuando eran más pequeñas no habían usado maquillaje para que los chicos se les acercaran.
Tanto Laura como ella ya habían salido con chicos y se habían besado. ¿Para qué necesitaban entonces el maquillaje?
Llegó al instituto y subió las escaleras hasta su clase. Se quitó la mochila de la espalda y la colocó encima de la mesa para sacar los libros de la asignatura que tocaba en esa primera hora.
—Oye, ¿y Laura?
Candela levantó la mirada para ver a una de sus compañeras con un gesto de extrañeza.
—Ahora viene, se ha quedado atrás.
—Ah, vale.
Candela frunció el ceño. Pensaba que esa pregunta había venido a que Laura y ella siempre llegaban juntas y, al no verla, suponer que estaba enferma. Pero la forma en que había torcido los labios en una sonrisita no le había gustado nada.
Negó con la cabeza y siguió a sus cosas.
El timbre hizo que se asustara y mirara la puerta de la clase. Laura no había llegado todavía, y no estaba ni a medio camino del instituto. ¿Y si le había pasado algo? Se sentía culpable por haberla dejado, aunque fuera por una discusión.
Esperó diez minutos, nerviosa a más no poder, y se levantó de su asiento para salir al patio y esperar fuera —o saltar e ir a buscarla—. Pero cuando iba a salir por la puerta, el profesor de Tecnología apareció cerrándole el paso.
—Señorita, creo que ya no tiene escapatoria —le señaló el profesor sonriente—. ¿Dónde iba?
—A buscar a Laura —respondió ella.
—¿Está en el baño?
—No, ella…
—¡No cierre, profe! —Escucharon los dos por detrás.
Ambos se asomaron por la puerta para ver cómo Laura corría todo lo que podía para llegar antes de que cerraran la puerta.
El profesor se apartó para que Laura entrara pero, cuando esta vio que Candela también estaba giró la cara para no mirarla.
Las dos se sentaron en silencio mientras el profesor ponía orden en la clase y daba por comenzado su día.
Tras el sonido del timbre, que daba por finalizada la clase, Candela recogió los libros y sacó los de la siguiente hora, como hacía siempre. Solo que, al volverse para hablar con Laura, esta estaba de pie junto a otras compañeras de clase, riendo y bromeando, con sus móviles en las manos.
Candela se mordió el labio. A Laura nunca le habían caído bien esas chicas, pero desde que sus padres le compraran un móvil nuevo y empezara a maquillarse, parecía que tenía mucho más en común con ellas.

Los días pasaron y la relación entre Candela y Laura no parecía ir bien. Al contrario, Laura estaba mucho más apegada al grupo de chicas de la clase y siempre iban en corrillo con sus risas y gracias. Había cambiado de maquillaje a uno más fuerte, lo cual no le gustaba demasiado a Candela. Pero tampoco podía decírselo.
Menos cuando, al pasar a su lado, todas las chicas parecían reírse de ella por no usar maquillaje, o por no arreglarse. Se sentía marginada solo porque pensaba diferente de las demás. ¿Tan malo era querer gustar por cómo era y no por lo que aparentara?
—Candela, ¿estás bien? —le preguntó Toni sentándose a su lado en las escaleras. Habían salido al recreo hacía diez minutos y se había quedado allí—. ¿Te sientes mal?
—No… Estoy bien. Gracias por preocuparte.
Vio que Toni se pasaba la mano por el pelo y notó que tenía algo más que decirle, pero parecía nervioso.
—¿Pasa algo?
—Bueno… Es que no sé cómo te lo vas a tomar. Será mejor que lo veas.
Toni echó mano a su móvil. Lo encendió y buscó en la galería de imágenes hasta que encontró lo que buscaba.
—Toma. Vas pasando las imágenes así.
Candela cogió el móvil y empezó a leer las imágenes. Eran de un grupo de Whatsapp llamado “Las chulas”. Los nombres le eran muy familiares pero, cuando en una misma frase vio el nombre de Laura y cómo la mencionaba a ella, quedó claro qué grupo era el que le enseñaba Toni.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó temblando. No podía creer lo que se decía de ella en esas imágenes.
—Nos lo mandaron al grupo que tenemos los chicos. Oye, ¿estás bien?
Toni puso su mano en el hombro de Candela y esta lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas que iban aflorando con rapidez. Se soltó de su agarre y corrió al interior del edificio. Lo que menos quería es que alguien la viera llorar y volviera a ser el hazmerreír de la clase.
Los golpes en la puerta de los lavabos hicieron que gritara:
—¡Déjame sola!
Pero no lo hizo. Toni abrió la puerta y la cerró tras de sí.
—Mira, no sé por qué se meten contigo porque no te maquilles o no te vistas de forma coqueta. Yo… no creo que necesites eso.
—Dicen que es para gustar a los chicos.
Toni empezó a reír.
—Pues a los únicos que gustarán son a los que no deberían gustar.
Candela se quedó mirándolo.
—A ver, las chicas estáis mejor con el maquillaje. No todas, pero sí os queda muy bien cuando os pintáis. Pero yo pienso que si a un chico le gusta una chica, le va a gustar lleve maquillaje o no. Porque lo que de verdad gusta es cómo es, no cómo aparenta ser.
Vio que bajaba la mirada y volvía a tocarse el pelo en señal de nerviosismo.
—Gracias… —contestó Candela.
—¿Sabes que podríamos hacer algo para bajarles los humos? Ellas llevan maquillaje, así que si se mojan la cara van a verse horribles. Verás… —Y bajando la voz, Toni le contó un pequeño plan para ayudar a su amiga a que no se sintiera tan mal.

Al día siguiente
Candela llegó temprano ese día para encontrarse con muchos de sus compañeros de clase. Todos ellos habían visto las imágenes donde se metían con ella y querían ayudar a que no volviera a pasar. Y por eso Toni los había metido en el plan.
Esperaron a que todas las chicas llegaran a clase, bien vestidas y maquilladas y, cuando estaban sentadas, cada uno de ellos se acercó con una pequeña caja, incluida Candela.
—Esto es para ti —decían a la vez todos—, pero has de abrirla al mismo tiempo que las demás o no tendrá gracia el regalo que encontrarás —terminaban su frase.
Al principio algunas se miraron entre sí sin saber lo que hacer, pero la curiosidad podía más y, finalmente, todas ellas se pusieron una junto a la otra para que nadie abriera antes. Cuando levantaron la tapa un muelle interior empujó un globo lleno de agua hacia sus rostros y todos ellos estallaron de golpe bañándolas en agua.
—¡Ahhhhhh! —gritaron todas cuando el agua les dio de lleno.
Las cajas cayeron al suelo o a las mesas donde estaban mientras ellas se intentaban secar el agua con sus manos. Fue cuando los chicos sacaron espejos para que se miraran y vieran que el maquillaje se había corrido y había hecho que todas ellas se vieran horribles. Todas, menos una.
Candela se miró y vio que su aspecto no había cambiado. Seguía siendo ella misma. Y eso la había salvado de esa pequeña trampa. Una en la que mostraba una realidad.

Porque… una princesa no tiene que depender solo del maquillaje o de vestidos bonitos para quererse a sí misma sino saber que es lo suficientemente guapa por sí misma.

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