Cuenta hasta diez
On June 23, 2017 | 0 Comments
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Uno… Había sido el primer beso que le diera y aún le cosquilleaban los labios ante el contacto con él, la forma en que se había acercado y tomado entre sus brazos para unirla y, sin apartar la mirada, rozarle con el aliento, hacerla temblar de la cabeza a los pies esperando impaciente que salvara la distancia que los separaba y sentir, por fin, esa parte de su cuerpo que ansiaba.

Dos… Minutos había tomado en hacerla suya desde el instante en que sus ojos la enfocaron al verla entrar oscureciendo todo lo demás. Brillaba con luz propia; más ahora que la tenía delante y podía contemplar cómo el fulgor hacía que todo su cuerpo refulgiera como si de una ninfa o un ser mágico se tratara. No podía detener las manos que, con su propia personalidad, se movían a lo largo de ella.

Tres… Dedos le rozaron el pezón derecho, éste respondiendo a las atenciones que le ofrecía, ávidos por recorrerlo, pellizcar, rozar, acariciar y conocer de primera mano esa zona íntima que pocos le descubrían. Notó la otra surcando por su brazo hacia la otra areola rascando suavemente con la uña y obligándola a apartarse de ese beso arqueando la espalda y echando hacia atrás la cabeza.

Cuatro… Marcas eran las que la marcaban de su propiedad en ese momento. Cuatro los besos sedientos de la piel y ella, los que ahora reflejaban la pasión de su espíritu. Las manos de ella se aferraban a su cuerpo que destilaba la esencia misma del sexo hipnotizándola y haciéndola gemir de placer.

Cinco… Latidos se saltó su corazón cuando esos labios, que ya cataron los suyos, se posaron sobre uno de sus pechos, una mano acunando uno con firmeza mientras el otro era atendido con habilidad en espera de lo que el primero experimentaba. Podía notar el contorno de los mismos haciendo una ligera presión mientras su juguetona lengua pasaba por su pezón, lo rodeaba, antes de presionarlo con ella, de pellizcarla húmedamente sin saber que, en otra parte de su cuerpo, también lo estaría, anhelante de su contacto. El aire frío hizo que se estremeciera antes de ser atrapada por la vorágine de sensaciones que experimentaba al atrapar el otro botón con la boca y proseguir sus atenciones con el primero de ellos.

Seis… Mordiscos, suaves, eróticos, fueron los que crearon el camino hacia su ombligo antes de que se afanara por jugar con él, introducir la punta de su lengua y empujar simulando un movimiento que muy pronto haría con otra parte suya en otro lugar de ella, dejándole claro lo que iba a esperarle. Y junto a esos mordiscos, los suspiros de ella, ese aliento contenido con cada uno de ellos mientras se arqueaba más y más, su vientre contrayéndose de anticipación, las piernas apretándose y frotándose entre sí para aliviar la presión que tendría.

Siete… Pasos bastaron para conducirla a un lugar de puro placer, de presagio eterno en que los cuerpos habían entrado y no querían salir. Dulcemente la depositó en la cama despojándola de la poca ropa que ya le quedaba, quitándose él la que tenía para juntar, piel con piel, hombre y mujer, masculinidad y feminidad, volviendo a repetir, como número de la suerte, los pasos anteriores de siete en siete, primero él, y luego ella, saciándose el uno del otro.

Ocho… Sílabas habían derribado las defensas del corazón de ella en una frase octosílaba conteniendo toda la pasión, amor y lujuria que una mujer quería y deseaba escuchar alguna vez en su vida y que ahora era capaz de repetirla en su mente una y otra vez en la voz de él, acompañándola de ocho lágrimas derramadas por la felicidad que la henchía al unirse en cuerpo, y alma, a él, percibiendo la excitación, dureza y firmeza, el amor incontrolable y el frenesí salvaje que lo dominaba ahora.

Nueve… Embestidas fueron llegando hasta una pausa que afianzaba el deseo. Nueve más las que aumentaron la concupiscencia. El fuego naciendo, el fuego creciendo. La llama entre ambos creada en la unión de los dos, desarrollándose de llamita a llama, de ahí a un incendio en sus cuerpos. Las manos inquietas, las piernas traviesas, el juego haciendo acto de presencia. Las risas, los jadeos, los gemidos, los gritos, los gruñidos, todos ellos unidos para representar la experiencia del amor.

Diez… orgasmos, quizás más sobrevinieron a ambos antes de la explosión final, de que sus cuerpos, agotados, cayeran inertes sobre la cama, sin separarse, bebiendo la esencia del otro como si se alimentaran con ello. Sus rostros estaban serenos y felices, incapaces de abrir los ojos o moverse ni querer hacerlo. Habían encontrado el paraíso.

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  • ¿Qué haces? -Ella abrió los ojos y contempló la pantalla del ordenador donde se suponía debía haber una hoja en blanco, ahora completamente escrita, varias de ellas. Se fijó en el inicio de los párrafos.

  • Contar -respondió poniéndose a leer lo que su mente había escrito a través de las manos. Sintió el cuerpo de él cubriéndola por completo y enrojeció un poco.

  • ¿Y si contamos juntos? -inquirió él unos segundos después. Ella sonrió y se volvió con una sonrisa que le iluminaba los ojos.

  • ¿Hasta diez?

  • Hasta diez veces diez -contestó atrapando su barbilla para fundirse en un beso-. Uno…

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