Cachorros valentines
On June 9, 2017 | 1 Comments
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–¡PARA!

Las ruedas de la moto chirriaron dejando claro su malestar por frenar tan fuerte. Las manos apretaron con fuerza los frenos mientras rezaba por detenerse a tiempo de no hacerle daño a esa mujer que tenía delante.

Giró el vehículo a la izquierda y éste siguió deslizándose, esta vez en horizontal, peligrosamente hacia ella. Apenas unos centímetros restaron de haberla embestido.

Se quitó el casco con furia tirándolo al suelo, dejando que su enfado llevara las riendas.

–¿A qué viene esto, mujer? ¿Estás loca?

–No –contestó echando a correr ondeando su rebeca roja para parar a otro coche.

El joven contempló sus intentos porque el coche disminuyera velocidad y la determinación de éste para seguir. Si no se quitaba…

Golpeó la pata de la moto con brusquedad saltando de ella hacia esa mujer. ¿No se daba cuenta de que no iba a conseguir nada?

Atrapó los brazos de ella tirando de su cuerpo hacia él, envolviéndola en los suyos y protegiendo la cabeza mientras se impulsaba hacia atrás al suelo y rodaban juntos. El sonido del pitido los acompañó junto a las imprecaciones del conductor.

Cerró los ojos absorbiendo el perfume a azahar y esencia femenina que desprendía. Los abrió y contempló una mirada llena de asombro dentro de esos ojos color miel que poseía, a juego con su piel, un poco bronceada. Tenía el cabello castaño claro rizado y unos labios rosas semiabiertos, brillantes, que le hicieron tragar con dificultad. Parpadeó varias veces apartando de su mente las imágenes de esa mujer en otras circunstancias y con otro tipo de actividades entre ellos. Podía sentir su cuerpo, pegado al suyo, y no dudaba de su feminidad.

–¿Es que quieres matarte? –le susurró acariciándole la mejilla para apartarle un mechón de pelo. Las yemas le cosquillearon al sentir la piel, como si una corriente eléctrica los hubiera sacudido. Ambos dejaron escapar un gemido al unísono.

–No, sólo quiero ayudarla.

–¿A quién?

Una serie de insultos por los coches que tenían que esquivarlos en mitad de la autovía hicieron que la mujer girara la cabeza. Lo apartó con brusquedad y se puso de pie para correr por detrás del que parecía su vehículo, un monovolumen azul claro.

Él se levantó y frunció el ceño. Caminó hacia ella y, al dar la vuelta al coche, abrió los ojos de par en par: en mitad de la carretera había dos cachorros y una madre que parecía estar dando a luz a un tercero.

–Iba conduciendo cuando me la encontré en mitad de la carretera. No podía dejarla ahí… –se explicó ella cuando presintió que estaba a su lado–. Pero necesito ayuda… Tenemos que meterla en mi coche y llevarla a un veterinario.

No sabía por qué, su mente se había desenchufado de su cuerpo. Lo único que sentía era la bondad de esa chica. Ponía en peligro su propia vida para salvar a una perra y a unos cachorros que apenas tendrían unas horas de vida. ¿Y cómo se había puesto de parto la perra en semejante lugar?

–No podemos quedarnos aquí –dijo él–. La cojo y la meto en tu coche.

–Cuidado –lo detuvo. Él contempló la mano de ella en su antebrazo y todo su cuerpo se estremeció. ¿Qué tenía esa mujer que lo hacía reaccionar de ese modo?–. Te puede morder…

–No me hará nada… ¿verdad que no, preciosa? –finalizó dirigiéndose a la hembra que jadeaba fruto del cansancio. Era una labradora en color crema. Sonrió al pensar que ese tono era parecido al de esa loca que había puesto patas arriba la carretera–. Sólo quiero ayudarte, a ti y a tus cachorros, ¿me dejarás?

Se acercó hasta el animal hasta que éste comenzó a incomodarse e intentó levantarse. Gruñó pero, en ese momento, él se agachó para quedar a la misma altura y extendió su brazo, con la mano hacia abajo, dejándola lo bastante cerca para que la perra pudiera olerla. No la apartó hasta que empezó a rozar el hocico y fue cuando lo lamió que sonrió y acortó la distancia para acariciar al animal, ahora tranquilo.

–Vale, buena chica. Vamos a llevarte a un lugar seguro.

Se quitó la chaqueta de cuero y puso dentro los tres cachorros que había ahora y los envolvió con cuidado de no hacerles daño. Los levantó ante la atenta mirada de la madre.

–Toma, lleva a estos campeones. Voy a coger a la madre y salimos de aquí. No me extrañaría que en cualquier momento viniera la policía.

–Llevo más de media hora aquí y no ha aparecido ni parado nadie… –replicó ella molesta por la reacción de otras personas.

–Sí, bueno, si no hubiera tenido miedo de embestirte con mi moto yo tampoco lo hubiera hecho.

Le pasó los cachorros y se arrodilló para coger a la perra que protestó dolorida.

–Parece que tiene una pata rota. No me extrañaría que ponerse de parto haya sido fruto de un golpe.

–Pobrecilla… –se lamentó la mujer. Acercó la mano como lo había visto a él y esperó a ser aceptada para rascarle detrás de las orejas.

–Vamos, necesita ayuda.

–Sí.

Ambos corrieron hacia el coche y colocaron a los cachorros y a la madre en el asiento trasero.

–¿Puedes conducir?

–Sí. Pero no sé dónde hay un veterinario.

–Yo sí. Iré en mi moto. Tú sólo asegúrate de no perderme de vista.

Ella esbozó una sonrisa pícara.

–Sólo si tú te aseguras de que no te deje atrás.

Veinte minutos después, ambos entraban con los perros en brazos en la clínica veterinaria tras dejar aparcados los vehículos. Los dejaron en manos de los veterinarios y se sentaron en la sala de espera.

–Me llamo Sarah –se presentó finalmente.

–Yo soy Nathan. –Le estrechó la mano que le ofrecía cuando se dio cuenta que tenía el jersey roto y con manchas de sangre–. ¿Estás sangrando?

Sarah bajó la mirada al brazo.

–No es nada… Es que ella estaba muy nerviosa y…

–¿Te mordió? –Por eso le había dicho que tuviera cuidado al acercarse; ella ya lo había intentado y le había dejado una marca–. Hay que curarlo o se puede infectar.

–No pasa nada, no me duele…

–Ya. –Sin hacerle caso, se levantó y habló con la persona que se encargaba de la recepción. Ésta marchó dentro y, unos minutos después, salió con lo necesario para una cura–. Ven conmigo. –Le cogió la mano y tiró de ella hasta el baño donde se encerraron los dos.

–O-oye, de verdad, que no es nada.

Nathan fue a subirle la manga cuando Sarah respingó y se quejó por el movimiento que había hecho la ropa.

–Espero que no sea tu jersey favorito… –masculló él antes de alcanzar las tijeras y empezar a cortar la manga ante la mirada sorprendida de ella.

–¿Y si te dijera que sí? –preguntó.

Nathan la miró.

–Lo hubiera sentido.

–¿También tú tienes una ropa favorita?

–La cazadora con la que envolví a los cachorros –respondió empujándola con suavidad hacia el grifo de agua. Lo abrió y, con cuidado, dejó que el agua limpiara la herida. La perra le había dado un buen mordisco, aunque no fuerte. Tenía las marcas de los dientes y un moratón que iba poniéndose más oscuro y grande–. Parece que no es nada serio.

–Ya t-te lo d-dije… –titubeó ella.

Nathan levantó la mirada.

–¿Te duele? –Nathan le acarició el brazo haciendo círculos alrededor de la herida.

–No… –Había sonado más como un gemido que como una negación. Sarah carraspeó–. No, no me duele –contestó algo más entera.

Él se afanó en concentrar su mente en curar la herida y, cuando cinco minutos después, terminó de cubrirla con el apósito, sonrió satisfecho.

–Perdona por… –ondeó la manga que le había cortado. Ella se encogió de hombros.

–Lo miraré por el lado bueno, acabas de convertirlo en un jersey de manga tres cuartos –rió ella.

Y Nathan se congeló.

Jamás había escuchado un sonido así, una risa franca, pura, tan llena de felicidad que le pareció estar en ese momento en el paraíso. El rostro de Sarah se iluminó, los ojos le brillaron y dos pequeños hoyuelos aparecieron a cada lado de las comisuras de sus labios. No supo cuándo fue que perdió el control de su cuerpo pero sí el momento en que su mente sufrió un cortocircuito: al besarla.

Sabía a fresas. Unas fresas dulces, la fruta que más le gustaba a él. Le daba igual que fueran solas, con nata, con leche condensada, con azúcar… Eran adictivas. Como esa mujer.

Levantó su mano y la posó en la nuca de Sarah profundizando así el beso. Con su lengua, le rozó los labios, humedeciéndolos, hasta que la de ella lo tocó y tentó conduciéndole al interior de su boca, gruñendo por haber caído en la trampa, pero al mismo tiempo dichoso porque ella le correspondiera. Notaba las manos de Sarah en sus caderas, subiendo por la espalda y arañándole a través de la camiseta obligándolo a que se pegara más a ella, ya arrinconada en la propia puerta del baño.

Unos golpes hicieron que abrieran los ojos y se apartaran. Se miraban de reojo, sin querer que el otro lo pillara.

Nathan recogió los productos que le había dejado la enfermera y abrió la puerta saliendo los dos del baño con la cabeza gacha ante la mirada reprobatoria de una señora mayor. Se aguantaron la risa cuando escucharon lo que murmuró la mujer y explotaron en risas al llegar a la sala de espera.

–Chicos… –Los llamó alguien. Ambos se volvieron con la sonrisa en sus rostros. El gesto rápidamente se tornó preocupante.

–¿Qué ha pasado?

–Tenemos que operar… Lamentablemente la perra fue golpeada, seguramente por un coche, y ha sufrido traumatismos importantes. Pensamos que todavía hay cachorros en su interior pero no sabemos si están vivos. Y… tampoco si va a soportar la operación.

Sarah se llevó las manos a la boca. Algunas lágrimas rodaron por sus mejillas. Nathan la abrazó acercándola a su pecho.

–¿Cómo están los cachorros?

–Ahora mismo hay cuatro. Están algo débiles pero estables. ¿Se podrían hacer cargo de ellos mientras operamos? No tenemos muchas manos y nos vendría bien que el equipo de la clínica se centrara en la madre…

–Claro. ¿Qué tenemos que hacer?

***

Dos horas después

–¿Crees que la salvarán? –preguntó Sarah dejando a uno de los cachorros en una cajita que hacía de improvisada caseta para los pequeños. Acababa de darle un biberón y se había quedado dormido en sus brazos.

–Esperemos que sí.

Llevaban aguardando noticias desde hacía rato y, cada minuto que pasaba, los ponía más nerviosos. No se conocían de nada, pero esa perrita y sus cachorros los habían unido.

–¡Feliz San Valentín! –exclamaron haciendo que se fijaran en la puerta y vieran pasar a un joven con un ramo de rosas rojas. Los gritos de emoción de una mujer les indicaron que ella era la receptora de esa sorpresa.

–No me acordaba que era San Valentín –comentó él. La miró.

–Ni yo. –También ella lo miró.

Los cachorros protestaron y se volvieron a ellos. Sarah rió.

–¿Qué pasa?

–Nada… Es que… Han nacido en San Valentín.

Nathan la miró sin entender. Sarah se acercó a ellos. Tocó al primero en su barriguita.

–San. –Pasó al siguiente–. Va. –Al otro–. Len. –Y finalmente al último que se despertó al tocarlo. Sarah lo cogió y lo besó–. Tín.

Él rió acercándose a ella y acariciando al pequeñajo que había entre ellos. Se quedó mirando a Sarah. Su día había empezado mal desde primera hora de la mañana pero esa mujer lo había enderezado.

–Chicos –llamó una enfermera–. Han salido.

Sarah dejó al cachorro y los dos se acercaron hasta el despacho del veterinario. Por el camino, ambos entrelazaron sus manos buscando el apoyo el uno en el otro.

–Sentaos, por favor.

–¿Cómo está? –preguntó Sarah.

–Muy débil. Tiene fracturadas las piernas traseras y algunos problemas más en los órganos pero ha sobrevivido. Tenía tres cachorros más…

Sarah bajó la mirada entristecida por la noticia que le acababa de dar el doctor.

–Dos habían fallecido –comentó el médico–. Uno ha sido muy valiente y ha aguantado hasta que lo hemos sacado. En breve estará con sus hermanitos. Y esperamos que también la madre lo esté aunque no podrá moverse, quizá para siempre.

Sarah abrazó a Nathan ocultando las lágrimas que sólo él era testigo que estaba derramando.

–Revisamos y no tiene microchip puesto. No sabemos de ninguna perra que se haya extraviado. Sospecho que al ver que estaba preñada la abandonaron a su suerte. No sé si alguno de vosotros querría hacerse cargo… –dejó caer.

–Yo la adopto –soltó Nathan.

–Yo me la quedo –dijo Sarah al mismo tiempo.

Ambos se miraron y sonrieron.

Una enfermera abrió la puerta del despacho y entró con una bolita marrón entre sus brazos. A pesar de estar envuelto, se removía para sacar la cabecita llorando de forma lastimera.

Sarah lo cogió y, de inmediato, se calmó.

–Ese es el más fuerte de la camada, el que ha aguantado aferrándose a la vida.

–San Valenti…nes –murmuró. Y sólo Nathan supo a lo que se refería. Se acercó a ella y acarició al pequeño y un beso en la coronilla a Sarah.

***

Un año después

–¡San! ¡Va! ¡Len! ¡Ti! ¡Nes! ¡Vamos! –gritó Sarah en el parque.

Cinco labradores, cuatro de ellos de color crema y un quinto en chocolate corrieron hacia ella locos de alegría. Empezaron a saltar y ladrar a su alrededor mientras ella reía y les daba los mimos que buscaban.

–Venga, vamos. Es hora de irnos –les dijo.

Le puso la correa a cada perro y empezó a caminar hacia un banco donde había una persona sentada junto a una labradora color crema encima de un carrito. Los animales tiraron de ella hasta que pudieron alcanzar al hombre y empezaron a lamerlo y buscar sus atenciones.

–Hora de volver a casa, chicos –anunció Nathan. Nes protestó con un ladrido–. No, ya habéis estado de más –respondió como si lo hubiera entendido–. Además, Valentina está cansada –añadió acariciando a la perra que estaba tumbada a su lado.

Sarah se arrodilló al lado del animal y le frotó las orejas como a ella le gustaba.

–¿Nos vamos a casa, Valentina? –preguntó. Un lametón como respuesta.

Nathan se levantó del banco y empezó a empujar el carrito de la perra labradora con lentitud para que las patas delanteras le marcaran el ritmo. Mientras, sus hijos, paseaban a su lado. Todos ellos, humanos y animales, de vuelta a su hogar.

FIN

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Comments1
Maribel Diaz Reyes Posted June 10, 2017 at3:18 am   Reply

Muy bonito este relato de San Valentine… esos perritos le roban el corazón a cualquiera

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