El inicio de Hessa. Un amor entre leyendas
On Julio 19, 2016 | 0 Comments
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¿Aún no te has unido al fenómeno #HESSA? ¿Todavía no has disfrutado de una novela donde las leyendas se unen para formar una hermosa historia de amor? Pues no sabes lo que te estás perdiendo.

Para picarte un poco más la curiosidad, aquí te dejo el inicio de Hessa. Un amor entre leyendas. ¿Qué puede esconder una novela tan actual como ésta?

HESSA

Prólogo

2 de enero 2092

Recinto de la Alhambra, 02.22 h.

El vaho que salía de su nariz y boca dejaba claro el frío que hacía en ese lugar. Estaba acostumbrado al calor y, la temperatura bajo cero que se había instalado esa noche no era lo que esperaba. Aunque no podía quejarse, al menos el tiempo iba acorde con la fecha en que estaban.

Alzó la cabeza contemplando el palacio. Todavía se conservaba a pesar de los muchos años que sus muros albergaban: La Alhambra. Su Alhambra. Sonrió un poco mirando los muros que tanta historia tenían, que parecían murmurar a su alrededor y dotarse de un brillo tal que resplandecía toda ella. Era mágica y muy pocos lo sabían, desconocían los secretos que esas paredes, salas y estancias ocultaban.

Se volvió al escuchar un ruido y vio aparecer a cuatro figuras envueltas en ropajes blancos; sus hermanos. De nuevo se encontraban con un siglo más en sus hombros, con cien años de experiencia añadidos a los que ya tenían. Había perdido la cuenta de cuántos eran.

––¿Esta vez tendremos suerte? ––preguntó uno de ellos, estrechándole la mano. Los otros se acercaron sin privarse de abrazos y efusividades para con el otro. Hacía tanto tiempo que no se reunían, que no querían perder el tiempo en otros menesteres más que el saber qué había sido de sus hermanos.

––Deberías preguntarle a él ––respondió girando la cabeza hacia una puerta que daba acceso al Palacio de Comares.

Por ella aparecieron dos personas, un hombre y una mujer, ataviados con prendas de un blanco puro. Todos esperaron expectantes a que ambos se acercaran, sus corazones pausados aguardando las palabras que los llenara de una profunda alegría y que ansiaban desde hacía siglos.

La suave brisa era el único sonido que se escuchaba en el lugar, el silencio cubriéndolo todo. Hasta parecía que los muros habían dejado de susurrar para prestar atención a lo que dijera una única persona.

––Es el momento ––sentenció el hombre.

Capítulo 1

14 de marzo 2092

Explanada del Palacio de Carlos V, 12:57 h.

––No se conoce el motivo exacto por el que la Alhambra, esta majestuosa ciudadela mandada levantar por Muhammad I al-Ahmar, no tiene un diseño semejante al de otras construcciones. Su forma, vista desde el cielo, recuerda a un navío con su proa ––señaló a un lado–– donde nos encontramos con la Alcazaba; una eslora con más de setecientos metros y una manga que supera los doscientos metros en algunos puntos.

»A pesar de los años, y les recuerdo que hablamos en torno a 1231-1272, cuando tuvo un mayor florecimiento y era conocida en muchas ciudades como un palacio encantado lleno de historias y leyendas; la Alhambra sigue en pie deleitándonos a todos y ofreciendo una mirada a un pasado que Granada no olvida. Y sus visitantes tampoco.

Detuvo su caminar y se dio la vuelta. Contempló al grupo de turistas que había guiado por las estancias de la Alhambra explicando historia y leyendas, a veces mezclando ambas.

Esa vez, su grupo no era demasiado numeroso, apenas una veintena de hombres y mujeres que habían escogido el paquete completo para visitar esa “fortaleza roja”, como se había referido a ella al iniciar la visita haciéndoles partícipes del extraño nombre para llamar a la Alhambra, debido a su construcción.

Consultó su reloj y suspiró algo preocupada. Se había excedido unos minutos en su visita pero confiaba que, con ello, el autobús que debía llevarlos de nuevo al punto de inicio, hubiera llegado. Cosa que no era así. Tendría que hablar de nuevo con Izan para que pusiera firmes a los conductores y evitar que los clientes tuvieran que esperar.

––¿Tienen alguna pregunta más antes de abandonar este enclave mágico?

Varias manos se alzaron y sonrió. Siempre había avidez por conocer más sobre una de las Maravillas del Mundo de la que era difícil encontrar expertos que la conocieran. Ni siquiera los funcionarios que trabajaban en ella lo hacían al cien por cien como para mostrarla como la agencia en la que trabajaba.

––¿Sí? ––Su mirada se fijó en un hombre corpulento, de unos cuarenta años, bastante atractivo. Tenía el pelo negro muy corto y una barba desprolija que le daba un aire sensual.

––El camino por el que hemos entrado, ¿también formaba parte de la Alhambra?

Su sonrisa se ensanchó. No había querido comentar nada cuando se bajaron del autobús y accedieron por la Puerta de las Granadas a un impresionante bosque que, según decían muchos, cambiaba a quien lo atravesara.

––Pues no, aunque el bosque parece fundirse con el conjunto arquitectónico, fue creado mucho después, en la época de Carlos V que plantó las alamedas que han visto. Más tarde, el Duque de Wellington añadió olmos, plátanos, castaños de indias y algunos otros árboles. Toda esta arboleda te conduce al corazón de este lugar. Pero en sus inicios, la Alhambra era una fortaleza, los caminos de entrada y salida debían estar despejados porque, de no ser así, sólo hubieran servido para emboscadas o problemas de visibilidad en su defensa.

––¿Qué podía haber antes? ––volvió a preguntar.

––¿Se refiere a cuando se construyó la Alhambra?

El hombre asintió.

––Se desconoce a ciencia cierta, pero sí se le otorga algún tipo de uso a las puertas de acceso. Seguramente varios soldados se ocuparían de custodiarlas para evitar que entraran indeseables pero, también, porque el espacio entre las puertas y la ciudadela se utilizaría como asentamiento del pueblo, una forma de protegerse y no estar en primera línea de fuego. Aunque son conjeturas solamente.

Algunos afirmaron y murmuraron ante la explicación dada. Justo en el momento en que otra persona iba a formular una nueva pregunta, el claxon profundo y grave de un vehículo hizo que se volviera para ver llegar al autobús contratado.

––Lo lamento, la visita ha concluido y espero que les haya gustado. Si quieren repetir la experiencia, ya saben dónde encontrarnos y, cualquier cosa que necesiten, no tienen más que avisarnos. Tienen nuestros datos en sus billetes y documentación. ––Se sabía de memoria esa parte pero dependía de ello para que acudieran más clientes––. Y si familiares, amigos o compañeros quieren disfrutar, no duden en hablarles de nosotros. Gracias por confiar en TUPUG. Tengan un buen día.

TUPUG. Estaba segura que más de uno se quedaba extrañado de tal nombre. Eso quien no conocía que, detrás de esas siglas, se encontraba la frase: “Turistas Unidos Por Un Guía”, una invención de su mejor amigo. Y todo un éxito en Granada.

No ofrecían lo mismo que otras agencias de turismo sino que iban más allá. Con ellos sólo trabajaban los profesionales y, gracias a sus contactos, tenían acceso a zonas limitadas u organizaban visitas privadas a distintos puntos de la ciudad granaína.

Cuando estaba a punto de subir el hombre que había hecho la pregunta del bosque, se detuvo ofreciéndole un papel. Lo cogió y se fijó que tenía anotado un número de teléfono. ¡Estaba ligando! Levantó la mirada para verle sonriente y le guiñara antes de perderse por el pasillo que daba acceso a los asientos del vehículo.

Las puertas finalmente se cerraron y el autobús arrancó para llevar a los turistas al centro de la ciudad.

––¿Sólo uno esta vez? ––inquirió una voz por detrás.

––¿Y tú qué haces aquí? ––preguntó a su vez.

––Terminé pronto y decidí acercarme. Así te recogía y nos íbamos pronto a la empresa, ¿no te parece, socia?

Ella bufó. Todavía no se hacía a la idea de ser socia de la agencia de turismo que, hacía dos años y medio, había surgido de una conversación, estando ambos medio borrachos ––de ahí el insólito nombrecito––.

––Podía haberme ido en el autobús y coger otro para Armilla.

––Ya. ¿Y por qué no lo has hecho?

Ambos comenzaron a caminar hacia la Cuesta del Realejo, lugar donde estaba segura que había aparcado su coche.

––Porque nunca lo hago y lo sabes ––respondió con una sonrisa fascinante que lo dejó sin palabras.

Izan era de los pocos hombres que conservaba entre sus amistades, no sólo porque era su socio en TUPUG, sino porque había alcanzado su corazón y hecho un hueco en él.

Tenía treinta y ocho años y el pelo rizado y dorado oscuro. Se lo dejaba lo suficientemente largo como para llamar la atención de las féminas y lo conseguía. Si a eso se le sumaba la piel morena durante todo el año, un cuerpo bien dotado y ejercitado, y unos ojos color miel, cualquiera babeaba por él.

––Vamos, Hessa. A lo mejor es “el elegido”… ––puso una voz de ultratumba que hizo que se riera ofreciéndole una sonrisa franca y sincera––. Eres una mujer que… ––se detuvo, pero la mirada que le echó, de arriba abajo, le dejo claro lo que él siempre le decía: que no estaba nada mal––, cualquiera querría tener a su lado.

––Ya. Pero yo no quiero a cualquiera ––desechó ella.

Pasaron por el Hotel Alhambra Palace fijándose en un grupo de turistas asiáticos y se miraron entre sí. Tenían un convenio con el hotel para realizar visitas turísticas pero nunca estaba de más abordar a los propios clientes para despertar curiosidad.

––Oiga, ¿y son verdad todas esas leyendas sobre la Alhambra? ––preguntó Izan reduciendo la marcha al caminar. Ya se había metido en su papel de cliente de TUPUG y ella, como llevaba el uniforme con el logo de la empresa, le tocaba seguir su rol de guía.

––Muchas puede que no, pero la auténtica magia de la Alhambra estriba en desvelarlas. Por eso en TUPUG ofrecemos a nuestros clientes la oportunidad de conocer más a fondo el monumento y que puedan ver cómo se relacionan esas leyendas con salas, jardines y otros espacios que conforman la fortaleza.

––¿Y lo de los muertos? ¿Es verdad?

Hessa se detuvo y frunció el ceño girándose hacia Izan, también parado. ¿A qué muertos se refería?

––¿Es verdad que allí murió gente y se conserva la sangre?

Ella sonrió. Miró de reojo al ver las caras expectantes de muchos.

––Como le he explicado en la visita, toda leyenda tiene parte de verdad, y donde hay sangre, queda una historia, o una leyenda, o algo valioso.

Siguieron su camino dejando al grupo atrás y giraron a la izquierda deteniéndose.

––Eres increíble.

––El trabajo, trabajo es. Y para tenerlo, hay que anunciarse como sea. Oye, que no podamos ir con un megáfono no quiere decir que, como quien no quiere la cosa, no hablemos de curiosidades de Granada, ¿no crees?

Izan era único, de eso estaba segura. A pesar de dar la impresión de ser un vago y alocado, no era así, era el más trabajador y había hecho todo lo posible, y lo imposible, para levantar la empresa construyendo unos fuertes cimientos que habían asentado el negocio en cuestión de meses. Y después se había ocupado de que creciera, de darlo a conocer como la mejor elección a la hora de visitar Granada. Como él decía: tenían un negocio de tres plantas y había que construir la cuarta. Y eso que su “negocio” era en realidad un local alquilado en Armilla.

Con cuatro años más que ella y una titulación extra al haber estudiado Administración de empresas, se conocieron el primer año de carrera, se emborracharon y crearon TUPUG, no de forma tan rápida, pero sí una idea que maceró en los años que les llevó graduarse.

––Vamos ––la instó poniéndole la mano en la parte baja de la espalda––. Laia nos debe estar esperando.

Ambos volvieron al hotel y se subieron en el coche que Izan había dejado aparcado

Un mensaje hizo que la radio detuviera una de las melodías de Chopin que sonaba y la voz robótica anunció el contenido del mensaje recibido:

––“¿Dónde demonios os habéis metido? Llevo veinte minutos esperándoos. Ya podéis tener una buena excusa”.

––Laia está cabreada… ––silbó Hessa. Para que nombrara a los demonios, ya tenía que estar a punto de estallar.

––Respóndele, anda.

––¿Y por qué yo?

––Primero, porque voy conduciendo; y segundo, porque tú la apaciguarás mejor.

Hessa sacó su móvil y accedió a la aplicación de mensajería. Se acercó el teléfono a la boca y pulsó una tecla.

––Preciosa, ya vamos para allá. Espéranos.

Le dio a enviar.

––Por cierto, el autobús volvió a retrasarse. Hay que…

––Ya me encargué. ––Le interrumpió––. A partir de mañana no habrá problemas y este mes saldrán gratis.

––¿Cómo lo has hecho? ––preguntó sorprendida Hessa.

––Mi trabajo es sagrado; no pienso dejar que me lo arruinen. ––La miró por unos segundos––. Sólo les insinué que podíamos buscar otra empresa que nos brindara un servicio más competente.

Hessa se echó a reír. Izan no estaba casado pero, su trabajo, era una esposa muy exigente y le gustaba portarse bien con “ella”.

Dos nuevos pitidos, uno en su móvil y otro en el de Izan, hicieron que echaran un vistazo a sus respectivos teléfonos, él con los controles que había en el volante y Hessa desbloqueando la pantalla de su terminal. Tenían un mensaje de audio en el grupo de TUPUG que compartían Izan, Laia y ella. Pulsó al mismo tiempo que se reproducía el mensaje en la radio:

––“¡Más os vale aparecer en cinco minutos! ¡Me habéis dejado colgada, cabrones!”

Los dos se miraron y Hessa notó cómo se aceleraba el coche.

––Shari ––llamó Izan.

La voz mecánica saltó por los altavoces.

––¿Qué puedo hacer por usted?

––Envía un mensaje al grupo TUPUG. Pon: “llegamos enseguida. No te enojes, preciosa mía, que las palabrotas en tu boca suenan muy feas.”

Hessa no pudo evitar echarse a reír.

––¿Qué? ––preguntó Izan encogiéndose de hombros––. Había que calmarla, ¿no?

Un nuevo mensaje, esta vez de texto, los mantuvo en vilo.

––“Que sepas que te perdono por esta vez. ¡Pero sólo por esta vez!”

Hessa llenó el coche de risas. No podía parar. Laia sucumbía a las palabras de Izan como cualquier mujer. Era… ya ni recordaba las veces que, una frase de Izan, calmaba el carácter volátil de su compañera.

––¡Sí! ––exclamó Izan––. Y van cincuenta. Cuando llegue a cien monto una fiesta.

Su amiga negó con la cabeza sonriendo. Laia tenía veintiocho años y un cuerpo de escándalo. Llevaba el pelo en una melena corta de color azul y, cuando tenía que ir de guía, lo hacía con un mono ajustado de piel que casi se convertía en una película sobre su cuerpo, una extensión del mismo. Los ojos tenían una tonalidad grisácea y su rostro era fino y muy blanco. Lucía un pequeño tatuaje entre el pómulo izquierdo y la barbilla que, según les había dicho, escondía una cicatriz de un accidente infantil. No era muy llamativo pero sí curioso debido al diseño de unas pequeñas mariposas revoloteando por la zona. Al menos no era como el que Hessa tenía y que pocos conocían.

Lo que Izan no sabía de Laia era su interés por él. Meses después de que entrara a trabajar con ellos, ya Hessa había sospechado algo. Las miradas, el hecho de que fuera el único que la tranquilizara cuando explotaba, y el interés por estar a su lado eran una clara evidencia. Una de la que su amigo ni siquiera se daba cuenta.

Eso sí, hacían un buen equipo: dos fanáticos del trabajo y un contrapunto. Y, pese a todo, con una fuerte amistad. Eso si llegaban a tiempo antes de que Laia estallara.

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