Relato: Sacamantecas
On May 24, 2015 | 6 Comments
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sacamantecas

  • Una no sabe qué puede encontrarse en la noche. – Susurró una mujer

  • Algunos dicen que lo han visto merodear por las granjas a las afueras de la ciudad.

  • ¿Y lo has visto por el día? Parece un enterrador, todo vestido de negro y con esas pintas. Mi Fuffy no deja de ladrarle cuando lo ve y, si se gira, el pobre se esconde detrás mío con un gemido lastimoso. Miradlo… – Se agachó y cogió a un perrito negro y marrón, no más grande que una botella de medio litro. – Está aterrorizado.

  • ¿A qué habrá venido?

  • ¿Cuándo se irá?

  • ¿Es que nadie lo va a echar?

  • Aquí tienes, Iria. – El rostro de la joven se volvió hacia la mujer que sostenía la bolsa con los alimentos, en una mano, y la vuelta, en la otra.

  • Gracias, Petra. – Agradeció liberándola de ambas responsabilidades. Se fijó de nuevo en el coro que habían formado cinco o seis mujeres cuchicheando, las mismas que se ocupaban de difundir rumores y chismorreos por todo el pueblo.

  • Hablan del forastero. – Le aclaró Petra.

  • ¿El forastero? – Volteó interesada.

  • Si. El hombre que llegó hace una semana. ¿No lo has visto? – Ella negó con la cabeza entrecerrando el ceño. – Se aloja cerca de tu casa chiquilla. – La recriminó.

  • No he visto a nadie en la casa abandonada, ni siquiera una… – Abrió de par en par los ojos recordando lo que, una noche medio dormida, intentando caldear la casa, atisbó desde la ventana a ver una luz que no tardó en desaparecer. – …luz – Observó la mirada avispada de la otra y prosiguió. – Vi una luz pero se apagó tan rápido que supuse era parte de un sueño inacabado. – Explicó con rapidez antes de que quisiera sonsacarle algo más. – Pero, ¿qué pasa con él?

  • Los viejos lo llaman Sacamantecas.

  • ¿Saca qué?

  • Filla… ¿acaso tus padres no te contaron la leyenda? – La cara de pérdida total hizo que siguiera hablando. – ¡La leyenda del hombre lobo! – Exclamó, no lo suficientemente alto para llamar la atención de los demás en la tienda.

En ese momento, como si hubiera pasado algo, el silencio se hizo en el lugar e Iria sintió una presencia abrumadora detrás de ella. Las mujeres en coro se habían callado, el perro de una de ellas gimoteaba asustado y ella sentía todo el vello erizado ante lo que hubiera detrás suyo.

  • Buenos días. – El saludo, lejos de tranquilizarla, hizo que un escalofrío la recorriera y temblara sin poder evitarlo. ¿Había sido por hablar de ese supuesto hombre lobo o porque la persona que estaba detrás suya era el protagonista de la conversación con su madrina.

Tragó con dificultad y giró la cara para ser cortés y saludarlo. Ante sus ojos apareció un hombre vestido de negro con un sombrero del mismo color que le tapaba los ojos y parte de su rostro. Aún así su mentón cuadrado y las facciones duras le decían que no era un hombre muy abierto. Su propio lenguaje corporal hacía que evitaras el contacto como si hubiera una barrera de poder entre los demás y él.

  • Bu… Buenos días, señor, ¿en qué puedo ayudarlo? – Titubeó Petra.

  • ¿Está listo mi pedido?

  • Si, ahora mismo voy a buscarlo. – Se escabulló ella.

Iria centró la atención en los murmullos que habían vuelto y acertó a entender algunos no demasiado buenos acerca de la presencia de ese hombre. ¿Qué le pasaba a su pueblo? No habían sido tan reacios a los nuevos moradores desde… desde siglos atrás.

  • Lo mejor que podría hacer es irse de este pueblo. – Susurró una mujer.

  • Cierto. ¿No se da cuenta de que no es bienvenido? Ojalá y se vaya por donde haya venido. Aquí no hay sitio para un ser como es.

  • ¿Y si lo hay para unas viejas chismosas como ustedes? – Inquirió a viva voz. Todas las mujeres enmudecieron y voltearon sus cabezas hacia Iria, las mejillas enrojecidas ante lo que había dicho. Pero estaba dicho. – Francamente, señoras, me dan lástima que puedan juzgar a una persona por ser taciturno o no relacionarse demasiado. A veces es mejor eso que ser unas cotillas liantes como ustedes. Háganse un favor y dejen que cada uno viva su vida como le de la gana. Buenos días.

Miró al hombre al cual le decían Sacamantecas, sorprendido a pesar de no llegar a verle la cara, e inclinó la cabeza ligeramente en señal de despedida. Tan cerca como estaban, ambos se rozaron pero ella prosiguió obligándose a caminar despacio y no a echar a correr como quería hacer. Ella, que no solía meterse en problemas y que pasaba de los comentarios que hubiera, acababa de airar al peor grupo del pueblo. ¿Y por qué? Ni siquiera ella lo sabía.

****

Hace mucho, muchísimo tiempo, moraba por esta zona un hombre extraño. El joven no era demasiado hablador y las personas no se acercaban a él pero, no se sabe cómo, una mujer empezó a interesarse y, al final, ocurrió lo que debía.

Se casaron y todo parecía ir bien. Él trabajaba en todo lo que le salía, era muy bueno con el trabajo manual pero, cuando unos años después, ella apareció muerta, nadie del pueblo se fió de él.

Todos respiraron aliviados cuando se fue de allí y esperaban no volverlo a ver pero, años después, regresó y, aunque trataba de pasar desapercibido y no se relacionaba con nadie, las desapariciones de mujeres y niños hizo que lo temieran. Muchos empezaron a llamarlo Sacamantecas u Hombre Lobo porque decían que habían visto a un ser lobuno con aspecto humano asentado sobre dos piernas, con una cabeza de lobo y todo su cuerpo cubierto de pelo…”

Iria trastabilló en el camino apretando la bolsa de la compra de la que escapó algo de su contenido.

  • Demonios… – Blasfemó mirando hacia atrás para saber con qué se había tropezado en un camino que se conocía desde su más tierna infancia.

Era la hija única de los que habían sido los mejores pasteleros del pueblo. Sin embargo, ahora solo quedaba ella después de que sus padres, en las primeras vacaciones que se cogían en años, perdieran la vida, tres años atrás.

Ella había heredado la pastelería pero era demasiado doloroso estar en ella y acabó contratando quién se encargara de ella. Eso la dejaba libre para hacer otras cosas en su día a día, entre otras el escribir, la pasión que tenía de niña y que su madre le había inculcado noche tras noche al leerle miles de historias.

Recorrió la distancia que la separaba de lo que se había salido de la bolsa y se agachó a recogerlo. Había estado tan ensimismada en sus pensamientos que esa piedra debía haberla esquivado pero no lo había hecho. Revisó el estado del producto respirando aliviada porque no se hubiera abierto en su caída y se incorporó justo a tiempo de ver a tres lobos acercándose a ella, de color gris uno, los otros tirando más a marrones, con los colmillos a la vista y en posición de ataque.

Iria se incorporó despacio retrocediendo más lentamente aún para no alertarlos. Era inútil echar a correr porque la atraparían y tampoco tenía nada con lo que defenderse, salvo el darles lo que llevaba en la bolsa.

Debía haberse fijado en el camino para alertarse de que había lobos por la zona. Petra misma se lo había dicho en más de una ocasión y siempre desechaba la idea porque nunca había visto lobos cerca del pueblo. Y ahora…

Desenvolvió con cuidado el paquete que tenía en la mano y lo arrojó con un movimiento suave delante de ella. Los lobos retrocedieron bajando su cruz un poco más, listos para el ataque, pero el olor de la carne fresca hizo que sus instintos apartaran la mirada de ella y la centraran en el suculento trozo de carne cruda que había a pocos metros.

Metió la mano en la bolsa y sacó otro trozo igual que se apresuró a lanzar un poco más alejado del primero.

Sin apartar la mirada de ellos, fue reculando paso a paso en un intento por poner más separación y, con algo de suerte, poder escapar de un ataque seguro llegando al pueblo donde, se suponía, no iban a acercarse. Ya después intentaría que alguien fuera con ella a su casa.

Los lobos, deleitándose con la comida sin percatarse de su huida, no parecían haberle prestado demasiada atención tal y como estaban peleando por comerse el bocado más grande de carne así que lo tenía casi conseguido… Hasta que la misma piedra en el camino hizo que perdiera del equilibrio y cayera sentada en el suelo mientras los lobos la miraban como un suculento manjar al alcance de ellos.

  • Deus… – Murmuró cerrando los ojos cuando vio que avanzaban hacia ella con no muy buenas intenciones.

Abrió un poco uno de los ojos al ver que no parecían llegar los lobos, o que había sido tan rápido que no se había enterado de nada, y se encontró cara a cara con ellos, gruñéndole pero sin atrever a tocarla. ¿Por qué ese comportamiento?

Pronto cambiaron su foco de atención de ella a algo más lejano y retrocedieron de ella como animales asustados echando a correr sin llevarse siquiera la comida que había intentado ser el pago por su vida.

  • ¿Está bien? – Preguntó una voz familiar. Ella levantó la vista para verle, esta vez sí, por debajo del sombrero, al hombre que le apodaban el Sacamantecas, con un rostro duro y algunas arrugas a pesar de no aparentar más de cuarenta años, diez más que ella, una cicatriz cerca de su ojo izquierdo y un color azulado por ojos, como el cielo azul despejado. – ¿Señorita? ¿Le han mordido?

  • No… – Contestó en un susurro, aún sin explicarse lo que había pasado.

Se acercó a ella cogiéndola de los hombros para levantarla del suelo al tiempo que la examinaba en busca de algún rastro de sangre o herida de la que no se hubiera percatado.

  • La llevaré a casa. – Le dijo comenzando a andar sin esperar a saber si ella lo seguía o no. Unos metros más adelante se dio la vuelta y la miró como si, con la simple mirada, la instara a andar, cosa que así hizo.

Durante el trayecto ninguno de los dos parecía encontrar algún tema de conversación que pusiera fin a ese tenso silencio instaurado entre ellos, solo caminando el uno al lado del otro, Iria con la bolsa de la compra medio vacía ya después del incidente con los lobos. De vez en cuando echaba una mirada de soslayo a ese hombre que, cuando se percataba que lo miraba, esquivaba avergonzada de su comportamiento.

  • No te acerques a mí. – Masculló antes de aumentar el ritmo en su caminar y avanzar más rápido.

A medio camino la lluvia hizo acto de presencia y tuvieron que acelerar su paso pues la lluvia en esa parte de España se sabía cuándo empezaba pero no cuándo acababa ni la intensidad con que descargaría su furia. Así, unos minutos después, se encontraban en el porche de la casa de Iria empapados de arriba a abajo.

  • Entra. – Ordenó. – Ten cuidado con los lobos la próxima vez.

  • Gracias. – Sin saber bien qué había pasado, pues ellos solo se había quedado delante olfateándola y gimiendo como si quisieran atacar pero no pudieran, le agradeció al menos la ayuda por espantarlos y después acompañarla a casa. Cuando vio que él se alejaba de nuevo corrió atrapando su brazo para detenerlo. La chispa que surgió entre ellos hizo que se quedaran perplejos.

Fue entonces cuando el viento juguetón quiso recompensar a Iria mostrándole al hombre completo, con un cabello moreno espejo y algo largo.

Él dirigió su mirada al nexo de unión entre ellos y, con su otra mano, rozó con suavidad la piel de ella enviándole descargas por todo el cuerpo. La respiración se aceleró en ambos e Iria cerró los ojos justo en el momento en que los de él parecían volverse más oscuros y cambiar de color rompiendo el contacto de forma brusca.

  • No te acerques a mí. – Repitió de nuevo alejándose de ella aunque sus ojos parecían querer hacer lo contrario.

Iria se quedó de pie viendo cómo él recogía su sombrero, se lo ponía, e iniciaba su paso hacia la que era su casa sin poder evitar pensar en la frase que le había dicho. Solo cuando el frío de la ropa, junto con el viento, empezó a enfriarla y hacerla tiritar, sacudió su cabeza y se metió en casa al abrigo del calor que hacía en ella.

Después de tomar una ducha de agua caliente y de hacerse un caldo para entrar en calor también por dentro, oteó a través de la ventana hacia la casa donde debía vivir su vecino. Se sentía mal por no haberle dicho de entrar en casa y que se calentara mientras pasaba la tormenta y ahora sus remordimientos eran aún mayores. Por eso no dudó en preparar una pequeña cesta con un termo lleno de caldo gallego y un poco de cocido gallego para asentar el estómago en agradecimiento y se enfundó en su abrigo y botas para salir a la casa a pesar del miedo que podía tenerles a que aparecieran de nuevo los lobos.

Diez minutos después estaba delante de una enorme mansión medio en ruinas que era de su propiedad, o al menos eso eran los rumores que corrían en el pueblo después de que el propio alcalde, como representante del pueblo, hubiera hablado con él, respaldado por varios policías.

Paseó su mirada por el lugar imaginando lo majestuoso que debió haber sido en su época y subió los escalones de madera desvencijados acompañados del crujido de éstos. Fue a tocar en la puerta cuando un aullido hizo que respingara asustada. Miró detrás con el temor de encontrarse de nuevo con los lobos de esa tarde mientras buscaba en la puerta el picaporte y lo abría sin esperar respuesta de nadie rezando porque estuviera abierta y pudiera resguardarse dentro. Cuando ésta cedió, respiró aliviada entrando lo más rápido que pudo y cerrándola a su paso, su respiración agitada.

  • ¿¡Qué haces aquí!? – Bramó una voz que no parecía del todo humana. Giró sobre sí misma estampando la espalda contra la puerta ante la visión que contemplaba en esos momentos… ¿Era un hombre o un lobo el que se encontraba delante suyo?

Erguido sobre sus dos piernas, éstas algo deformadas y llenas de una capa de pelo espeso de color negro, fue subiendo la visión hasta un torso desnudo, también cubierto y, más arriba, un rostro mitad humano, mitad lobo. Sin embargo, los ojos azules que llameaban con tonalidades rojizas la miraban con inteligencia.

  • Te he preguntado qué haces aquí. – Repitió, los colmillos aflorando en su boca y haciendo que parpadeara imaginando lo que podrían hacerle con una leve presión.

  • Yo… – Él se fijó en la cesta que llevaba en la mano temblorosa y la agarró antes de que la soltara cerrando la mano de ella con la suya, más dura y velluda, con las uñas fuertes y poderosas similares a las garras de un lobo.

Se acercó más a ella pasando su hocico por el cuello y la mejilla de él. Su lengua la rozó mientras escuchaba un sonido gutural.

  • ¿A qué has venido?

  • Quería traerte algo caliente…

  • ¿Tan caliente como tú? – Sugirió él con un tono de voz que denotaba picardía.

  • Por favor, no me comas… – Suplicó ella. Él se echó hacia atrás intrigado por semejante comentario.

  • Yo no soy como ese al que llaman Sacamantecas, muchacha. Puede que sea un hombre lobo pero no mato a nadie. Y ahora será mejor que te vayas. Y no te acerques a mí.

Le soltó la mano y, sosteniendo la cesta, la instó a salir de la casa.

  • ¡Pero! – Protestó Iria siendo empujada hacia fuera. – Lobos…

  • No hay lobos. Me encargué de ellos. – Contestó antes de cerrarle la puerta.

****

Después de una noche agitada sin poder dormir observando la cesta que esa mujer le había llevado y cómo había sido descubierto de esa forma, la mañana no era demasiado bien recibida. Abrió la puerta para salir de la casa cuando se paró en seco ante una presencia.

  • Buenos días. – Saludó con una sonrisa y una nueva cesta de la que desprendía un olor suculento. – No nos hemos presentado. Soy Iria.

Él la miró sin poder creerse que se hubiera presentado de nuevo en su casa como si la noche anterior no fuera testigo de su secreto. Esperaba tener que huir del pueblo, de una horda de policías, soldados y demás. Y, en cambio, allí estaba esa chiquilla, sola, ofreciéndole un desayuno de reyes.

Se pasó la mano por el cabello y sonrió dejándose llevar.

  • Soy Caltán. – Se presentó ante la que, esperaba, fuera su amiga… O algo más.

FIN

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Comments6
Pili Doria Posted May 24, 2015 at5:39 pm   Reply

Me ha puesto la piel de gallina… Quiero más!!!

Encarni Arcoya Posted May 24, 2015 at5:41 pm   Reply

Jejeje, eso quería conseguir, un poco de miedo para después dar pie a otra cosa.

Pili Doria Posted May 24, 2015 at5:42 pm   Reply

Me ha puesto la piel de gallina, quiero más y me encanta!!!

Maribel Diaz Posted May 24, 2015 at9:51 pm   Reply

Me gusto mucho esa historia del lobo

Yesy Posted May 26, 2015 at4:45 am   Reply

Ayyy me encanto pero se me hizo muy corta T^T …me quede con las ganitas de seguir leyendo… porfa porfa porfa haz un pequeña continuación…

Desiree Posted May 30, 2015 at3:20 am   Reply

Me encanto! Esa mezcla de un poco de terror y algo picaron es muy buena 😀

Gracias por compartirla…saludos

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