Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 9
On Septiembre 22, 2014 | 0 Comments
Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedintumblrmail

Hotyoga

Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 9

La gente se volvía desde los bancos hacia la puerta de entrada, podía saberlo porque los murmullos irrumpía la, se suponía, silenciosa iglesia. Aún ella no se había dado la vuelta, no así Martin, quien palidecía a cada momento.

  • No puede interrumpir una ceremonia, señor. – Replicó el sacerdote en un intento por calmar la situación.
  • ¡Ella no quiere casarse con él! ¡Me quiere a mí! – Gritó. Are se volvió, sus ojos húmedos, la tristeza inundando su corazón. Sonrió por primera vez después de días cuando su vista lo enfocó recordando cómo era, las facciones de su cara, su pelo rizado, ese color de ojos. Era el único que le hacia hervir la sangre. – Are, no te cases con él. – Dijo algo más bajo.

Martin le cogió el brazo a Are empujándola hacia delante. Parecía nervioso y sudaba.

  • Siga con la boda. – Exigió al sacerdote.
  • Ella debe aceptar o no. – Titubeó.
  • Acepta. – Contestó por ella.
  • Martin, por favor. – Le pidió Are. – Esto no es lo mejor.
  • Prometiste ayudarme, ¿lo has olvidado? Si quieres puedes tenerlo después, no me importa, pero ahora tienes que casarte conmigo.
  • ¿Qué tal si ninguno de los dos se casa? – Prorrumpió otra voz haciendo que los invitados volvieran a mirar hacia la puerta donde dos apuestos hombres se apoyaban en las hojas. – ¿Por qué no lo dejas ya Martin?

Are ya no sabía si seguía siendo su boda o había una cámara oculta por algún lado gastándole una broma. Lo que estaba claro era la identidad de esos dos hombres, los mismos que conociera, sin ropa eso sí, en el apartamento de Martin, sus…. novios.

Avanzaron hacia ellos saludando a algunos de los invitados quienes volvían a cuchichear entre ellos. Se atrevió a mirar a su familia y a la de Martin, ambas confusas ante la situación. Ninguno sabía qué hacer o decir convirtiéndose solo en espectadores de sus hijos.

  • Se acabó Martin, te advertimos lo que pasaría si seguías adelante.
  • No lo entendéis, esto es lo mejor para mí, de esa forma… – Uno de los hombres sacó una mordaza de cuero abalanzándose sobre él para, con el otro, reducirlo en cuestión de minutos.

Are se apartó de ellos para chocar contra el musculoso pecho de Esteban quien la encerró con sus brazos. Observaba los intentos de Martin por soltarse, ahora atado de manos sin poder articular ni una palabra.

Los gritos en la iglesia subían de intensidad cuando el padre de Martin por fin se levantó del banco eufórico por entender lo que estaba pasando. Uno de los hombres lo señaló deteniendo su avance por completo solo con la mirada. Su dedo empezó a agitarse de forma negativa.

  • Aquí lo único que va a pasar es esto.- Declaró cogiendo a Martin como si no pesara nada echándoselo al hombro. Golpeó su trasero con fuerza retumbando el sonido del golpe junto al grito acallado de Martin.
  • Lo sentimos. Le dijimos de no hacerlo pero no nos hizo caso. – Se disculpó el otro hombre dirigiéndose a Are. – Íbamos a secuestraros a los dos y llevarte a ti con tu profesor pero ya vemos que él tuvo la misma idea. – Sonrió a Esteban antes de acercarse a los otros. – No te preocupes por él, Are, le haremos pagar por esto y nos ocuparemos de él en adelante.

También él le propinó otra cachetada en el trasero, los dos saliendo de la iglesia por el pasillo donde se suponía debía haber salido del brazo de su marido. No quería mirar a ninguno de los invitados temerosa por las reacciones que tuvieran.

  • ¿Nos vamos o lidias con esto? – Susurró Esteban.
  • La boda era cosa de Martin. – Contestó ella. – Que se ocupe su familia. – Agregó.

Esteban rió como si se estuviera quitando un peso de encima. Cogió la mano de Are y tiró de ella para correr fuera de la iglesia.

****

  • Cierra los ojos y respira despacio, Are. – Era una tortura, la mayor tortura que estaba sufriendo. Llevaban cerca de dos horas y media así y lo único que había conseguido era grabarse, a fuerza de acariciarle con sus manos, todo su cuerpo en la mente. No había ni un solo rincón que no hubieran recorrido las yemas de los dedos, ni uno solo sin aplicarle aceite en él, igual tratamiento para ella por parte de Esteban. – Respira despacio y verás como baja el orgasmo.
  • Por favor, Esteban, por favor. – Sintió los besos cálidos y húmedos por la excitación en su cuello.
  • No. Esto será mejor que un sexo normal y corriente. Confía en mí.
  • Confiaba en ti las dos últimas horas, ahora… – Ahora no sentía nada de su cuerpo, era como si estuviera en conexión directa con él. Había llegado a respirar al mismo son que él, a seguir los mismos movimientos acariciándole a él. Y su pene… Llevaba en su interior tanto tiempo consumiéndola en un fuego interno que era imposible no ser consciente de semejante grosor y estiramiento. Y no lo movía. Solo de forma circular, parando para contener su respiración, con ello la eyaculación, acariciándola de nuevo utilizando esto como un anclaje.

Después de salir de la iglesia y ayudarla a entrar en su coche con el vestido de novia, había conducido a su casa y despojado, en el trayecto del coche hasta su casa, de los zapatos y tocado. Atravesada la puerta, el vestido se quedó en algún punto del pasillo y, para cuando llegaron a su habitación, solo la ropa interior inferior permanecía intacta. Eso y la liga roja que llevaba en su pierna, algo que, por cierto, seguía en ella.

  • ¿Qué miras? – Preguntó acariciándole los pechos por debajo de sus montículos.
  • No me has quitado la liga. – Una sonrisa traviesa se deslizó por su rostro.
  • ¿Y? – Sonrió. Levantó la cabeza tomando los labios de Esteban, necesitando que él le probara de nuevo la intensidad de lo que tenían, demostrarle, no solo con palabras, lo que quería de ella. – Te quiero. – Siseó al notar las vibraciones en su canal, cómo éstas le apretaban y quemaban a su alrededor. Cubiertos ambos por una capa de sudor, seguían jugando con las manos, dejando que ellas fueran el pincel en los cuerpos, creando pequeñas ondas de deseo y placer allá donde las yemas rozaran la piel del otro.

Esteban se detuvo de pronto echando atrás su cabeza mientras aguantaba la respiración por… ¿cuántas veces iban ya? Estaba segura que lo hacía por contenerse y no explotar todavía, pero llevaban más de media hora así, ¿iba a aguantar más tiempo?

  • Esteban, puedes correrte.
  • No… Aguantaré más.
  • Estás al límite. – Agachó la cabeza y la miró con una media sonrisa.
  • ¿Cómo lo sabes? – Se ruborizó al instante. ¿Decirle que lo notaba entre las piernas, que podía saber cómo su cuerpo le exigía ser liberado? Hizo un movimiento circular con su miembro provocando en ella una subida de calor, un orgasmo aún más intenso del que ya estaba controlando, al menos hasta ese mismo momento. – Cambiemos de postura, pero tendrás que controlar tú esta vez.
  • Yo no se… – Protestó ella mientras Esteban tiraba de ella para ser él quien quedaba tendido sobre la cama, ella a horcajadas sobre él, y su pene, aún dentro de su cuerpo, estático.
  • Te lo he explicado antes. Esto es el sexo tántrico, dar placer no solo efímero, sino duradero. Quiero poder disfrutar de ti durante horas.
  • Me estás consumiendo, Esteban. Obligándome a mantener mi orgasmo, a controlar el tuyo…
  • Te sientes más unida a mí, lo has visto.
  • Si, pero…pero ya no puedo más… – Soltó apenas consciente de cómo la temperatura estaba subiendo de nuevo, su límite arrasando ante la nueva postura. Presionaba entre sus piernas el pene de él, le obligaba a constreñirse en su canal.
  • Respira, Are, respira. No te centres en lo que pasa abajo, mírame y respira conmigo como te enseñé. – Susurró empujándola hacia su cuerpo para tenerla más cerca. Su respiración parecía en sí misma un tantra. Cuando él expiraba entonces ella inhalaba, cuando expiraba él inhalaba, un cosquilleo recorriéndola por todo el cuerpo igual que le pasaba a él, el vello de ambos erizándose por momentos.

Besos, caricias, deslizamientos de sus manos por todos los lugares a los que podían acceder en esa posición… Esteban probó sus pechos una y otra vez, dejándola descansar cuando su orgasmo amenazaba con asaltarla, volviendo al ataque una vez bajada la intensidad para llevarla otra vez al límite usando otra zona, otra postura, nunca abandonando la unión que tenían en ese momento, siempre manteniéndolo quieto y fijo en su canal como si pretendiera hacerse uno con ella. Y su energía… Ya no era uno, eran dos. Podía sentirlo, ser capaz de anticiparse a él, de ayudarlo a mantener el control de su cuerpo tocándolo justo en esa parte entre su escroto y el ano.

  • Esteban… – Susurró apenas sin fuerzas. Había perdido la cuenta de cuántas horas podrían llevar así. Sus cuerpos estaban húmedos y las respiraciones apenas los contenían ya.
  • Si, Are. Córrete. – Dios, las palabras que estaba esperando, el movimiento al atravesar su canal, húmedo y vibrante, para entrar de nuevo con una embestida tal que obligó a arquearse ante no solo la presencia de su pene, sino ante el intenso chorro de semen caído en su vagina, el calor desplazándose por todo su cuerpo como si fuera una corriente que buscara penetrarle en todo su cuerpo. Oía el gruñido de Esteban, sentía sus manos en el cuerpo pero era como si se fundieran con ella, ambos cuerpos volviéndose uno, dos mentes trabajando al unísono. Gritó sin saberlo, todo volviéndose blanco, azul, rosa, un colorido ante sus ojos hasta finalizar en la total oscuridad.

Había frescor en su espalda, notaba un paño recorrerla aliviando su calor, aún presente en el cuerpo. Gimió de gusto por ese alivio. Una sombra se cernió sobre ella dejándole un beso en la nuca, otro en la mejilla, el tercero en sus labios.

  • ¿Despertaste?
  • Estoy en ello.
  • Llevas dos horas durmiendo.
  • ¿En serio? – Abrió los ojos para ver a Esteban a su lado, su pelo ya seco pero con signos del sudor que antes lo cubría. Seguía pasándole el paño húmedo por su espalda y brazos.
  • Solo hace media hora que me desperté yo. No te preocupes. Aunque esto debemos tenerlo en cuenta para los siguientes.
  • ¿Siguientes? – Ensanchó su sonrisa inclinándose sobre ella.
  • Muchos…. Muchos más. Más tiempo, más caricias, más besos. Hasta que podamos estar veinticuatro horas amándonos mutuamente.

Are se echó a reír sin poder controlarse. Se abrazó al cuerpo de Esteban dejando que fuera lo bastante sólido como para saber que no era un sueño. Esa era su felicidad. Un “comieron perdices para siempre”.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedintumblrmail

Leave a reply