Hoy para variar un poco las publicaciones os dejo un cuento infantil que escribí hace algún tiempo. Espero que os guste si aún conserváis ese niñ@ interior.

Isondú, la leyenda de las luciérnagas

Isondú, la leyenda de las luciérnagas

Elena no podía dejar de moverse en el asiento trasero del coche. Su madre le había dicho que iban a ver luciérnagas y ella, que nunca las había visto, estaba deseando saber cómo eran.

Elena se acordaba. Su padre le había contado la historia de un niño que era muy bueno y cómo la gente le tenía envidia y le hicieron daño convirtiéndose en luciérnaga para seguir vivo y ser libre.

Cuando su madre detuvo el coche, Elena se quitó el cinturón de seguridad que había llevado puesto y salió del coche. Ante ella había un lago de agua cristalina y muchas más personas sentadas alrededor sobre unas mantas, algunas comiendo, otras jugando. Había personas de todas las edades.

La madre de Elena sacó una nevera del coche y le tomó la mano para reunirse donde su padre y sus abuelos estaban. Tenían una de las mantas más grandes, de color rojo, y había mucha comida en ella que le gustaba porque le encantaba la comida de su abuela.

Les dio un beso a todos y se sentó a comer. Entonces se fijó que estaban sentados cerca del lago pero, al otro lado, había un bosque donde oía risas de niños que jugaban y se podían ver flores y animales que quería ver de cerca.

Los padres de Elena se miraron y su padre dijo:

Elena se levantó, besó a todos y se acercó despacito hasta el conejo que la miraba con miedo.

La niña sonrió y partió otro trozo acercándose más hasta que casi estaba a su lado agachada con él.

El conejo la cogió y dejó que lo acariciara mientras comía. Pero entonces las voces de otros niños los asustaron a los dos y el conejo salió corriendo.

Corrió detrás del conejo sin darse cuenta que se alejaba de sus padres hasta que se encontró en medio de árboles y en una zona oscura, completamente perdida.

Elena no sabía dónde ir, no se acordaba de por dónde había venido, no vería a su papá, ni a su mamá, ni a sus abuelos. Así empezó a llorar más fuerte.

De pronto vio una luz que hizo que se callara. ¡La luz flotaba!

Tan maravillada estaba que no se dio cuenta de que la seguía hasta que aparecieron más luces que flotaban. Estaba en el bosque pero las luces hacían que pareciera que fuera de día pues brillaban como la luz del sol.

En ese momento, las luces se reunieron en un mismo punto y Elena pensó que era porque las había asustado y se arrepintió por haberlo hecho. Entonces, de repente, de entre las luces, apareció un joven de piel oscura, cabello largo y negro y un rostro muy hermoso. Se acercó a ella despacio arrodillándose y le dijo:

Elena negó y se sorbió la nariz aguantando las lágrimas. El joven puso su mano en el hombro de ella y le sonrió.

Al principio no quería ir con él porque su papá y su mamá le habían dicho que no debía ir con extraños así que hizo lo que cualquier niña:

Elena se puso roja y asintió. Era Isondú y su mamá decía que Isondú era buena persona así que cogió la mano y ambos caminaron por el bosque seguidos por las luciérnagas.

Se dio cuenta que Isondú no llevaba zapatos y tenía muy poca ropa pero no le preguntó por si era pobre porque eso no se preguntaba. El observaba a las luciérnagas que iban creando un camino de luz para ellos. Con esa luz Elena vio que la mano de Isondú estaba herida y se paró de golpe sorprendiéndolo.

Ella se sacó un pañuelo del bolsillo y le cogió la mano a Isondú para tapar la herida y que no se pusiera peor. Después le cogió la mano sana y, sin decir nada, tiró de él para seguir andando.

Isondú tampoco dijo nada pero le agradeció de todo corazón la amabilidad de ella.

Cuando llegaron casi a la salida del bosque, en el lago, Elena pudo escuchar las voces de sus padres y abuelos y chilló de alegría. Isondú se inclinó y la besó en la frente dejándole un brillo muy parecido al de las lucecitas que volaban alrededor, ahora formando un camino hacia sus padres.

Ella corrió hacia sus padres llamándolos, contenta de estar de nuevo con ellos. Todos la abrazaron y le regañaron por haberse ido lejos pero después se olvidaron cuando las luces empezaron a cubrir el lago anochecido.

Elena miró hacia el bosque y vio a Isondú saludándola con su pañuelo en la mano antes de desaparecer entre miles de luciérnagas.

Fin

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