Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 8
On Mayo 6, 2014 | 0 Comments
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Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 8

Martin se levantó de la silla del restaurante donde esperaba a Are en cuanto la vio aparecer. Se fijó en que llevaba unos pantalones marrones y una camiseta de sport junto al chaquetón colgado en ese momento en la silla. Parecía tener ojeras y no se veía muy descansado, cuando él no tenía problemas para dormir. Su rostro reflejaba preocupación y algo de miedo o rechazo, no se decantaba por uno de los dos.

Tras su llamada de teléfono en casa de Esteban, muchas cosas habían pasado. Le había pedido a Willy que la llevara a su apartamento y allí había pasado toda la tarde, noche y día hasta ese momento en que estaba delante de su ex-prometido, como le había prometido el día anterior.

  • Gracias por venir, Are.
  • No soy de las que huye… O deja las cosas sin terminar. – Contestó aceptando la silla para tomar asiento.
  • Lo sé. Te lo agradezco, sabía que me darías la oportunidad de explicarme.
  • No me debes nada, Martin, vi perfectamente lo que pasó. – Replicó Are. Vale, estaba a la defensiva pero ¿qué se suponía debía hacer? Ni siquiera había contestado las llamadas de Esteban, o las de Willy, sabiendo lo preocupados que estarían por ella. Se fue de su casa sin despedirse, él aún dormido; ¿cómo no iba a sentirse de ese modo? – ¿Cómo supiste dónde estaba?
  • Uno de los… Un amigo cogió el número de matrícula del coche e hizo averiguaciones. Después conecté ese nombre con el de tu profesor de yoga.
  • Perfecto. – Hasta en esas ocasiones tenía que salir su lado “profesional” y esos “amigos” suyos.
  • Are, ¿puedo preguntarte si estás enamorada de él? – Ella lo miró con seriedad.
  • ¿Puedo yo hacerte la misma pregunta, Martin? – Éste apartó la mirada dándole la respuesta a ella. – Maldita sea, somos amigos, ¿por qué no me lo dijiste? No me importa si eres gay o no, pero este matrimonio…
  • Cásate conmigo, Are. – La interrumpió en el momento en que el camarero se acercaba a ellos.

****

Esteban resopló enfadado consigo mismo. ¿Cuándo el yoga no le servía para tranquilizarse? Tras despertar solo en la cama supuso que Are estaría en alguna parte de la casa con Willy, o quizás él se había marchado y estaba sola. Había salido de la habitación esperando encontrarla en el salón, o en la cocina. No estaba. El baño, las otras habitaciones, incluso el jardín fueron sus siguientes paradas. Ni rastro de uno u otro.

El teléfono había sonado varias veces sin prestarle atención, su cuerpo tenso con dificultades para respirar. Finalmente, pensando que quizás fuera ella quien llamaba porque se había ido con Willy a comprar algo, descolgó.

Revolvió su pelo en un intento por apartar también todos sus pensamientos. Después de conseguir su número se había pasado toda la tarde y parte de la noche llamándola pero ni una sola vez consiguió oír su voz. No cejó en su intento también por la mañana pero las clases le robaban tiempo.

  • ¿Estás bien? – Giró la cabeza encontrando a Willy apoyado en el marco con los brazos cruzados. Había sido el último en verla, el idiota que aceptó llevarla a su apartamento sin despertarlo al menos y hacerla cambiar de idea. ¿Habían hecho algo mal? – ¿Sigues pensando que fue culpa tuya?
  • ¿Por qué se iría entonces de esa forma? – Gruñó levantándose de la esterilla. Ya no iba a conseguir nada.

Estaba hecha un lío, Esteban. Pero te prometo que no por lo hecho con nosotros. Intenté sonsacarle algo pero solo me dijo que necesitaba pensar.

  • Maldita sea, vio a su prometido teniendo sexo con dos hombres, ¿qué debe pensar? ¡La quiero! – Willy se mantuvo en silencio viendo a su amigo. ¿Realmente quien estaba delante era el Esteban sereno y tranquilo capaz de dar cualquier clase en el estado que fuera? Ahora parecía derrotado y herido, dolido hasta el punto de perturbar su propio equilibrio interior.
  • Toma. – Le dio un trozo de papel.
  • ¿Qué es esto? – Preguntó tomando el papel y mirándolo.
  • La dirección de la casa de Are. Yo me ocupo de las clases. Pero me deberás una. Bien grande.

****

No podía quitarse de la cabeza la conversación con Martin, la petición que le había hecho. ¿Cómo podía ponerla en esa tesitura? Ella y su maldita amabilidad; siempre sabían por dónde atacarla para dejarla sin poder protestar.

Todavía podía escuchar en sus oídos el “maravilloso” plan trazado por Martin, como si fuera lo mejor que hubiera pensado.

  • Pensaba decírtelo. Te lo juro. Iba a decírtelo cuando estuviéramos de vacaciones. Por favor, Are. No puedo tener una relación normal con otro hombre, ni siquiera con dos; pero si estoy casado entonces no pasará nada. Tendrás libertad, no te tocaré si no quieres, podrás hacer lo que quieras. Será solo un matrimonio de puertas para fuera. Jamás me respetarán en mi trabajo si se enteran que estoy enamorado de dos hombres.

¿Mandarlo al carajo? Si, eso le hubiera encantado hacer. Pensaba hacerlo. De hecho ya tenía las palabras en su boca, cuando la de él soltó otras…

  • ¿Qué esperas con ese profesor de yoga, Are? ¿Crees que va a quererte de verdad? ¿Que el amor es tan fácil de encontrar? En la realidad no existen los finales felices… Nunca. Solo los ocultamos para no darnos cuenta de lo miserable que es nuestra vida. Yo al menos te estoy dando estabilidad, no te faltará de nada, podrás hacer lo que quieras mientras te cases conmigo. ¿No somos amigos? ¿No se ayudan los amigos en todo? Te estoy pidiendo tu ayuda, no me dejes ahora en la estocada.

Se sentía como una muñeca dominada por los demás. ¿No importaban los sentimientos de ella? No, al parecer para Martin no. Había sido su mejor amiga, se creía enamorada de él, y ahora… Ahora no tenía nada.

Giró en la esquina hacia su apartamento cuando, parado frente a su puerta, lo vio. Esteban. Cuánto lo había echado de menos. Cuánto soñado con él, con el contacto con su piel, la voz magnética en sus oídos y esos labios… ¿De verdad no existía el amor para ella? ¿No podía encontrarlo en él?

Sus ojos se volvieron hacia ella con tal intensidad que no pudo respirar por un momento. Temblaba por las ansias de tocarlo, por envolverse en su abrazo y escuchar palabras de alivio.

  • ¿Por qué? – Inquirió Esteban. – ¿Por qué te fuiste?
  • Lo siento… Tenía que ocuparme de algo.
  • ¿Tu prometido?
  • Martin llamó cuando estuve en tu casa y me pidió hablar.
  • ¿No pudiste decírmelo? – Estaba dolido, muy dolido; se notaba en el tono de voz, como si estuviera controlándose, en la tensión de su cuerpo, las manos apretadas en fuertes puños tratando de no avanzar más hacia ella.
  • Debía arreglarlo yo, Esteban.
  • ¿Arreglar? ¿Cancelar la boda? ¿O lo ha hecho él?
  • No… Él quiere que la boda siga. – Contestó. Esteban quedó perplejo. ¿La boda seguía? Pero ella no lo quería, ni tampoco él la quería. Y en cuanto a su prometido… ¿Iba a condenarla a ella cuando no la amaba? ¿Qué crueldad habría hecho Are para merecer eso? ¿O pensaba casarse con otra persona y buscaba su aceptación para usar la boda de ellos cambiando a la “novia” por otro “novio?
  • ¿Vas a casarte tú con él? – Escupió la pregunta como si de un afilado alambre se tratara.
  • No lo se Esteban. – Contestó. – No lo amo, no después de saber lo de él. Pero no es fácil; no sé qué hacer.
  • ¿No lo sabes? ¡Maldita sea, Are! ¿¡Cómo no vas a saberlo!? – Gritó exasperado. Sentía brotar una furia en su cuerpo desde el mismo momento de enterarse de la continuación de la boda, como si presagiara algo malo.
  • Me ha pedido ayuda. Aún en esta sociedad no está bien visto ser gay. Pero si está casado con una mujer…
  • ¿Y pretendes sacrificarte por alguien que no es digno de ti? ¿Vas a actuar de buena samaritana porque es tu… “novio”? – Ironizó, su rostro crispado por la decepción, por no entender cómo las horas con ella no significaban nada en esos momentos. ¡La amaba! ¿No se daba cuenta de ello? ¿No lo conocía lo bastante como para darse cuenta que no era el mismo de siempre, que lo consumía el dolor en esos momentos?

Are pasó su mano por el pelo. No quería sacrificarse, sino encontrar su felicidad, saber si lo ocurrido entre ellos dos podía llegar a algo o era efímero y rompible.

  • ¿No ha significado nada lo nuestro?
  • Esteban estoy hecha un lío… No puedes pedirme decidirlo todo en un momento. – Silencio. Esteban cerró los ojos y suspiró.
  • Si esa es tu respuesta… – Pasó por su lado evitando el contacto. – Te deseo suerte.

Are se quedó ahí, de pie, escuchando los pasos cada vez más apagados alejándolo de ella. Le había hecho daño, las horas con él eran las más maravillosas de su vida; podía correr tras él y decirle lo mucho que lo amaba, pero en lugar de eso acababa de despreciarlo como no se merecía. Hoy no era su día. No volvería a ser su día jamás.

****

Willy esperó a que todos salieran de la clase y quedara solo Esteban. Planeaba hablar seriamente con él. Dos semanas era suficiente para tomar cartas en el asunto.

Are no había vuelto al centro y, según averiguó, la boda seguía en marcha. Después de llamarla por teléfono a escondidas de Esteban y quedar con ella había comprendido algo: no debía casarse con se prometido suyo quien, además de ser un cobarde, no merecía a alguien como ella y mucho menos manipulándola como estaba haciendo. Se escudaba en la amistad, en promesas vanas de libertad, en darle todo… menos el amor que sabía Esteban podía darle. Si entre ellos las cosas no se arreglaban entonces él movería ficha, por su amigo.

  • ¿Quieres algo? – Preguntó Esteban apagando las velas de la sala.
  • ¿Te das cuenta del mal karma que tienes? ¿Puedes dar clase en ese estado?
  • ¿Has venido a quejarte de las clases? ¿Te han dicho algo los alumnos?
  • Ya sabes que no. Has vuelto a ponerte tu máscara de profesional sin exteriorizar ningún tipo de sentimiento, apenas sonríes y solo te centras en si lo están haciendo bien o no.
  • Soy el maestro, Willy, ese es mi trabajo.
  • ¿Y qué hay de Are? ¿También ella era “trabajo”? – La mención de su nombre le hizo chasquear la lengua. Intentaba olvidarla, ¿no podía entenderlo? – Se casa mañana. – Esteban se volvió hacia Willy sorprendido. Éste se encogió de hombros. – Creí que debías saberlo, como el hecho de que ella no quiere casarse. Te espera a ti.
  • Me lo dejó claro cuando fui a verla. – Defendió volviendo a su tarea.
  • Si, el mismo día que ese imbécil le empezó a comer el coco diciéndole que no podía tener nada contigo, que no era más que una diversión para ti. ¿Cuánto hace que la conocemos, Esteban? Ni dos meses. Ese otro hombre la conoce de hace años, sabe los miedos de Are, lo que a ella le mueve. ¿Piensas en eso, en cómo la puede estar manipulando para convencerla?
  • Are es lo bastante inteligente para darse cuenta.
  • Ese es el problema. Ella lo sabe, pero es eso o nada. Él ha sido el único en todos sus años, ¿va a salir ahora como una adolescente a buscar a otro hombre?
  • Me tiene a mí. – Siseó él deteniéndose en mitad del movimiento para apagar la última vela.
  • Te tenía… Hasta que la apartaste de tu lado. Una sola palabra adecuada tuya hubiera bastado. – Sentenció saliendo de la sala mientras la vela quedaba encendida frente a Esteban.

****

Se supone que el día de tu boda es un momento mágico lleno de felicidad, que todo se ve como si tuviera en sí un brillo, una iluminación que lo hace etéreo, con miedo a verlo desaparecer en cualquier momento. Ves a tu futuro marido con una luz diferente, con el amor destilando por todos tus poros y los de él, la unión creándose en ese momento. Entonces, ¿por qué tenía ganas de llorar?

Le había dicho que si después de tanto insistir, de saber que Esteban no volvía. No respondió sus llamadas, olvidada para siempre. ¿Qué le quedaba entonces si solo conocía a Martin? Ya no era una niña, era una mujer. Podía quedarse sola pero deseaba una familia, luchaba por eso. Solo que ahí no habría familia.

  • ¿Quieres a este hombre como legítimo esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe? – Preguntó el sacerdote que oficiaba la boda.

Are quiso responder, su voz acallada por el estruendo de las puertas al ser abiertas y una voz en grito.

  • ¡No quiere!
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