Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 3
On August 5, 2013 | 1 Comments
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Hot Yoga – Encarni Arcoya – Capítulo 3

Sentada a la mesa que el restaurante había predispuesto para la degustación, tres primeros platos y tres segundos se sucedieron durante las dos horas siguientes de la cita y, en ese tiempo, a Are la comida no le sabía a nada. No, no era cierto, sus labios y boca aún conservaban el sabor de Esteban, sus manos todavía ansiaban tocar de nuevo el cuerpo moldeado que antaño la había presionado contra el sillón y demostrado la pasión entre los dos.

  • ¿Estás bien, cariño? – Preguntó una voz tan lejana que no pensaba fuera a ella a quien estuvieran hablando. – ¿Are? – Continuaron, esta vez rozándole la mano con algo frío.

Agachó la mirada fijándose en los dedos largos y delicados de la mano de su prometido, su mejor amigo y novio de toda la vida.

Siguió mirando hacia arriba a su rostro de piel pálida y delgada. Sus labios destacaban por el color oscuro y sus ojos verdes llamaban la atención como dos luces intermitentes, rodeados éstos por unas pestañas castaño claras, igual que su pelo, corto y peinado hacia atrás desde pequeño. Los pómulos no eran muy pronunciados y la nariz era más bien pequeña, como sus orejas.

Are pestañeó sintiéndose horrible… ¿Desde cuándo se quejaba hasta ese punto de Martin? El iba a ser, en un mes, su marido, aquel a quien amar y respetar, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separase. No había más Esteban, ni más sueños húmedos con él y su compañero. Estarían Martin y ella. Solos.

  • Are, ¿quieres tomar el aire? – Sonrió asintiendo. Martin la ayudó a levantarse acompañándola hasta la salida.

Fuera hacía fresco pero necesitaba calmar su cuerpo tanto como su mente. Aún así, su prometido tuvo el detalle de quitarse la chaqueta y echársela por encima.

  • ¿Vas a contármelo?

  • ¿Contarte el qué?

  • Are, te conozco desde que teníamos doce años. Sé cuando algo te ronda por la cabeza. – Ella se mordió el labio. Con él no podía esconder las cosas como con sus padres. – ¿Problemas con la boda?

  • No, todo va bien.

  • Menos mal. – Contestó metiendo las manos en los bolsillos.

¿Menos mal? ¿¡Menos mal!? ¿¡Y se quedaba ahí como si nada!? Are observó a su prometido echado sobre la pared del restaurante mirando más allá del aparcamiento, como si quisiera estar en otro sitio.

  • ¿A ti te preocupa algo? – Le preguntó frunciendo el ceño. Por un momento los ojos de Martin reflejaron dolor y resentimiento borrados en segundos por la amistad que los envolvía.

  • No cariño. Solo a que me dejes tirado en medio de la boda.

  • Yo no te haría eso, lo sabes.

  • Yo tampoco. Nos irá bien, hemos estado juntos muchos años, esto será igual pero compartiendo casa y cama.

Are arrugó la nariz ante esa forma de referirse al matrimonio. Entendía que Martin no era de demostrar mucho afecto pero tampoco era para resumir un acto de amor de esa forma.

  • Martin… ¿tú me quieres? – Él se apartó de la pared mirándola con sorpresa. Abrió la boca quedándose abierta mientras sacaba las manos de los bolsillos.

  • ¡Are!

  • Ya, lo siento… Solo… – Agachó la mirada arrepentida. ¿Dudaba de sus sentimiento o eran los suyos lo que le habían hecho pronunciar esas palabras? ¿Por qué cada vez que cerraba los ojos el rostro en su mente era el de Esteban? Ni siquiera antes podía pensar de ese modo en Martin.

  • Are… – Murmuró él tocándola en el hombro. – Te quiero. – Se acercó a ella besándola en la boca, un beso dulce como siempre los daba.

Se sentía querida pero… ¿amada? No era la misma excitación que con Esteban. ¿Podía ser deseo por otro hombre a las puertas de la Iglesia? ¿Tanto le afectaban los preparativos para tener fantasías con un hombre al que solo conocía de un mes?

Intentó profundizar en el beso, borrar con él el recuerdo de Esteban reemplazándolo por el de Martin. Pero en cuanto su lengua rozó los labios de él se apartó como si el contacto le quemara.

  • Deberíamos entrar. Aún nos quedan los postres. – Are le agarró del brazo antes de marcharse de su lado.

  • ¿Te quedarás esta noche en mi casa?

  • Si es lo que quieres… Vamos, acabemos con esto, mañana tengo mucho trabajo.

Pasó de largo dejándola perpleja. Trabajo, siempre el trabajo. ¿Y ella qué lugar ocupaba en todo eso?

****

  • Recordad la respiración, el movimiento del cuerpo ha de ir en consonancia con la respiración como si fuera ésta la que os moviera.

Las palabras de Esteban eran como una caricia sutil en todo su cuerpo. Dos veces habían tenido clases comportándose como lo que eran, profesor y alumna. Procuraban mantenerse alejados el uno del otro, Esteban dándole indicaciones desde lejos, otras siendo Willy quien la ayudaba.

Y mientras ella pensando en Martin… Habían salido más veces, quedado a dormir en la casa del otro pero su relación era… tan fría. La quería, si, pero las noches de insomnio cuando su cuerpo ardía por el deseo de volver a estar en los brazos de Esteban la hacían sentir culpable por ser débil.

  • ¡Are! – El grito le hizo levantar la cabeza asustada. Después le vino el dolor y el movimiento para eliminarlo le hizo perder el equilibrio y caer al suelo delante de toda la clase. Patético… Y doloroso.

Había sentido el crujido de la espalda y tratado de poner remedio sin mucho resultado. Ahora, tumbada boca abajo en el suelo, intentaba respirar de forma uniforme para encontrar fuerzas y moverse si que se sintiera como la alfombra de cien elefantes.

Un foco de calor en su espalda se expandió por todo el cuerpo sacándole un jadeo de su boca. Levantó la cabeza prendándose por esos ojos que la observaban con tanta preocupación y miedo dejándola atónita.

  • ¿Te duele, Are? – ¿Doler? ¿Dónde? Si con esa mano su temperatura la había erupcionado como un volcán.

  • ¿Está bien? – Preguntó Willy al otro lado, los dos arrodillados junto a ella, el sueño de cualquier mujer… Cualquiera que no estuviera tirada sin poder moverse por temor a dejarles saber lo mojada que estaba, y no precisamente en las partes públicas.

  • Estoy bien. – Contestó ella apoyando las palmas en el suelo. Empujó para levantarse pero dos pares de manos la instaron a quedarse quieta. Podía ver a sus compañeras alrededor murmurando entre sí. El rubor era lo último que quería en su cuerpo. – ¡Estoy bien!

Ambos se miraron como si hablaran entre sí y después Esteban la ayudó a ponerse en pie provocando con sus manos la excitación de ella.

  • Ven conmigo, te daré un masaje.

  • No, gracias.

  • Are, te has hecho daño en mi clase. No te pido permiso, te informo de lo que voy a hacerte. – Lo miró, más por el tono utilizado que por otra cosa, percibiendo en su voz cierta parte de enojo, otra de miedo. ¿Se asustó al verla hacerse daño? No, sería por ser su alumna, a otras les había pasado y él preocupado. Aunque con ninguna gritó como con ella. – Willy, ocúpate de la clase, por favor.

  • Por supuesto.

Esteban empujó levemente a Are para salir con ella, uno de sus brazos alrededor de la espalda, el otro encerrando con su mano la de ella. Salieron de la sala siguiendo el pasillo hasta una habitación a oscuras. Esteban abrió la puerta accionando el interruptor de la luz para poder ver. Era mucho más pequeña que la sala donde daban la clase con algunas colchonetas y barras fijas en la pared a varias alturas. Un sillón rojo en una forma ondulada se ubicaba en una de las paredes.

  • Siéntate a horcajadas en el sillón y levántate un poco la camiseta, por favor. – Le dijo apartándose de ella hacia un mueble. Se acuclinó y abrió una de las puertas de donde sacó unos botes. Volteó hacia ella, en el mismo sitio donde la había dejado, anonadada por su petición. – Are, hazlo tú o lo hago yo.

  • Ya estoy bien. No me duele. – Justificó echando un paso atrás. Esteban suspiró cerrando los ojos, se levantó y acudió a su lado.

Le puso las manos en la cintura arqueando un poco la espalda hacia atrás provocándole con ello dolor.

  • ¿Eso es estar bien para ti? Por favor, déjame ocuparme de tu dolor.

No podía dejarlo porque ese dolor no estaba solo en la espalda. Si lo dejaba acabaría entrando más en su corazón y sería su perdición. Esteban miró esos ojos atormentados frunciendo el ceño. Cogió la mano de ella y la llevó hasta el sillón.

  • Deja al menos que te alivie un poco. ¿Has traído coche?

  • No… Mi prometido me recoge hoy. – Contestó sin darse cuenta en ese momento de lo dicho.

  • ¿Estás prometida? – Inquirió con voz tensa. Ese sonido le hería como si lo hubiera traicionado y mentido. Asintió sin fuerzas para mirarlo a la cara, solo consciente de su proximidad por el calor del cuerpo. – Siéntate, te daré un masaje y llevaré a casa.

La ayudó a sentarse tomando posición detrás de ella. Las manos, aún estando por encima de la ropa, se notaban calientes y… temblorosas. Sollozó sin poder evitarlo.

  • Lo siento. – No sabía por qué se disculpaba pero debía hacerlo, como si supiera el dolor.

Esteban apoyó la cabeza en su espalda sin descansar en ella el peso. Podía sentir el aliento salir de su boca calentándola en la espalda.

  • Yo también. – Susurró.

****

Tenía que dejarlo. No volvería a ir al centro ni a las clases de yoga más. Se olvidaría de Esteban y centraría en su boda, en los últimos detalles; ya tendría tiempo de descansar después.

Subió los escalones hacia el piso de Martin donde le había pedido a Esteban que la dejara. Prefería estar con él a estar sola y quizás con los cuidados de él en la espalda se sintiera mucho mejor.

El pasillo estaba a oscuras pero se filtraba suficiente luz de las farolas para ver el camino. Metió la llave en la cerradura, torció ésta para saltar el pestillo y empujó la puerta. La luz se derramó hacia el exterior creando una sombra tras ella. Pero Are solo tenía ojos para la escena que se representaba delante.

Ante ella había tres hombres, dos desconocidos, uno detrás y otro delante de un hombre que conocía bastante bien… cuando vestía de hombre, pues nunca antes había visto a Martin con un vestido rojo ceñido, éste levantado hasta su cintura, mientras el hombre de atrás lo penetraba hasta golpearse con sus bolas exprimiéndole un gemido de placer.

Por su parte, el hombre de delante, arrodillado como estaba, tenía el lugar adecuado para succionar el pene de Martin, cosa que estaba haciendo en ese momento, empapándolo con la saliva mientras él se tocaba el suyo a la misma velocidad que tragaba el otro.

El bolso de Are se deslizó por su hombro igual que las llaves alertando a los tres hombres de delante, tres cabezas volviéndose hacia ella. Abrió los ojos al ver la cara maquillada de Martin, el pelo alborotado con fijador, los labios de éste sonrosados e hinchados con marcas de barra de labios corrida seguramente por los besos que se hubieran prodigado.

  • Are. – Un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo impulsándola a correr sin mirar atrás, sin atender los ruegos y gritos del, hasta ahora, su prometido.

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Comments1
Maribel Diaz Posted May 25, 2015 at3:49 am   Reply

Muy fuerte esa sorpresa. Jamás lo espere.

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