Relatos eróticos: El castigo – Encarni Arcoya Alvarez
On Julio 31, 2013 | 0 Comments
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El castigo

Este es uno de los relatos eróticos que apareció en la Revista Digitalma de EdicionesMA y que os reproduzco aquí para que podáis leerlo si queréis.

Los ojos vidriosos de ella no le dejaban ver todo lo que él le tenía preparado. Escuchaba sus movimientos y trataba de seguirlo con la mirada pero su cuerpo ancho cubierto por una camisa negra y unos pantalones que parecían ceñirse demasiado en la entrepierna, no le dejaban ver lo que manipulaba. Había estado jugando con ella, acariciándola y tocándola en esa zona íntima hasta llevarla al clímax sin llegar a él pues, cada vez que estaba a punto, hacía algo para que perdiera la excitación: un mordisco, un pellizco en los pezones o el mismo clítoris… Le dolía cuando hacía eso pero después la besaba con ferocidad para volver a encenderla aún más rápido que el anterior.

En ese momento podía sentir el cuerpo caliente de él. Pero lo maldecía cuando no era capaz de tocarlo, atada como estaba.

Él se dio la vuelta sosteniendo en sus manos el instrumento con la que atormentaría sus sentidos. Sus ojos se dilataron ante la evidencia de lo que eso suponía y su voz salió lastimera y suplicante.

  • Por favor Amo, te lo suplico…

  • Shhhh…. – Acalló él acariciándola. – ¿Tu palabra?

  • Agua. – Dijo ella sin apartar la mirada de esa cosa que sostenía en las manos.

  • Buena chica. – Premió acercando sus dedos a los labios, siguiendo su contorno, dejando que los tentara con su lengua y los metiera en su boca a un ritmo tentador para cualquiera. Los pantalones le parecían dos tallas más pequeñas y si su niña seguía chupando así acabaría con otra cosa más gruesa en su boca.

Se apartó de ella a regañadientes a pesar de las quejas de ella y de sus propias ganas y empezó a colocarle el instrumento por la cintura. Se agachó y pasó las manos entre las caderas, después los muslos internos obligándola a abrir más las piernas a pesar de las protestas de ella con las cuales se ganó un mordisco en la ingle que la hizo gritar.

Le acarició su sexo con suavidad, lentamente, dejando que sus manos se empaparan de sus jugos y la tocaran donde ningún otro tenía permitido hacerlo. Sus dedos, maestros y expertos en encontrar esos puntos erógenos que a ella le volvían loco, se afanaban en sentir en las yemas su placer.

Pronto sintió los jadeos de ella y sus movimientos para seguir masturbándose en busca de su placer. Quiso premiarla dejándola que se acercara un poco más antes de apartar la mano sustituyéndola por la boca. Había estado deseando probarla desde el momento en que le había cerrado las esposas sobre las muñecas.

Abrió la boca para dejar que su lengua la rozara en esa zona interior, tan caliente, tan húmeda por el deseo. Su sabor embriagador, a almendras y dulce, lo llevaban hasta el mismo cielo. Su lengua se centraba en ese botón cada vez más duro e hinchado que la hacía saltar nada más rozarlo. Usó sus manos para fijarla en su sitio mientras succionaba con su boca y la escuchaba gemir y gritar por igual. La sintió sollozar cuando le mordió los labios mayores y siguió mordisqueándola poco a poco por todo su sexo. Solo cuando sintió que su cuerpo temblaba se apartó y la dejó sola.

  • No tienes permiso. – La avisó.

  • ¡No! – Gritó frustrada.

  • Si lo haces te castigaré aún más duro.

Ella cerró los ojos y se obligó a reprimir sus ganas de liberarse de esa tensión y excitación. Calmar su interior, su fuego que ardía demasiado alto como para lograrlo. Pero aún así lo hizo, retornó los deseos que tenía a un nivel inferior a pesar de sus intensas ganas y lo miró con el fuego en sus ojos, enojada, disgustada pero también suplicante. Todavía no se decidía por qué sentimiento la dominaba en ese momento pero estaba claro que su niña aún poseía el genio que lo había embrujado y que no quería apagar.

Se acercó a ella y terminó de ponerle el objeto pasando una pequeña placa sobre su sexo, no sin antes colocarle un vibrador pequeño en el interior de la vagina a la mínima velocidad. Después lo cerró todo con un pequeño candado y se metió la llave en su bolsillo. El cinturón estaba colocado y ella no sería capaz de tocarse o quitárselo sin que él le diera permiso.

  • Mañana a estas horas volveremos a probar. – Le dijo soltándole las manos de las esposas. – Mientras tanto, disfruta del placer, sin correrte claro, cariño. – Añadió besándola en la punta de la nariz antes de echarse a reír por el gesto que acababa ella de hacer.

Se dio la vuelta y recogió la ropa de ella para que se la colocara sobre su cuerpo antes de salir de la sala que habían reservado en el club. No iba a dejar que nadie viera el cuerpo de ella, mucho menos a ponerle una mano encima porque, antes que su sumisa, su esclava, era su mujer. Suya.

Fin.

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